Fortaleza en la fe

¿Dónde dice en la Biblia que hay que bautizar a los niños?

¿Dónde dice en la Biblia que hay que bautizar a los niños? Hay que bautizar a los niños o bebés porque tienen el pecado original, heredado de Adán. La Biblia lo dice: por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores” (Rom 5,19). Desde que somos concebidos heredamos el pecado original: Mira que en culpa ya nací, pecador me concibió mi madre” (Sal 51,7). Porque todos somos descendientes de Adán, ya que Dios: De uno solo creó el género humano para que habitara la tierra entera” (Hch 17,26 CEE). Por lo tanto, todos venimos al mundo con el pecado original, el cual se borra con el bautismo, que es necesario para la salvación, como afirmó el Señor Jesús:

“En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios” (Jn 3,5).

“Como el bautismo se administra para borrar el pecado original, y como los niños nacen con él, es necesario que los niños lo reciban para obtener la vida eterna, pues sin el Bautismo no puede de modo alguno obtenerse” 1. No es de creer, entonces, que nuestro Señor Jesucristo negase el bautismo a los niños después de decir que no se impida a los niños que vengan a Él 2:

Dejad que los niños vengan a mí, y no se lo impidáis" (Mt 19,14).

Además, es un hecho que los primeros cristianos bautizaban a los niños, tal y como lo hacemos ahora. Como lo demuestra el siguiente texto de Orígenes (185 - ca. 253 d.C.) —considerado como el teólogo más importante de la Iglesia primitiva—:

Se bautiza a los niños porque “si no se nace del agua y del espíritu, es imposible entrar al reino de los cielos” (Orígenes, In Luc. hom. 14, 1.5, Enrique Contreras, El Bautismo, Selección de textos patrísticos).

El anterior texto no sólo es una evidencia clara de que los primeros cristianos bautizaban a los niños, sino también de que el bautismo es necesario para la salvación:

Más aún, en el siguiente texto, Orígenes afirma que bautizar a los niños es una costumbre que la Iglesia recibió directamente de los Apóstoles de nuestro Señor Jesucristo —costumbre que se mantiene hasta hoy en día en la única Iglesia que Cristo fundó, la Iglesia Católica (cf. Mt 16,18)—:

La Iglesia ha recibido de los Apóstoles la costumbre de administrar el bautismo incluso a los niños. Pues aquellos a quienes fueron confiados los secretos de los misterios divinos sabían muy bien que todos llevan la mancha del pecado original, que debe ser lavado por el agua y el espíritu” (Orígenes, In Rom. Com. 5,9: EH 249).

Como vemos también en el texto anterior, los primeros cristianos afirmaban que todos venimos al mundo con la mancha del pecado original, y que este debe ser lavado renaciendo del agua y del espíritu por medio del Bautismo (Cf. Jn 3,5). Por eso en la Biblia no hay ningún versículo en contra del bautismo de los niños, pero sí encontramos muchos en donde familias o casas enteras fueron bautizadas en virtud de la fe de los padres y de la Iglesia —p. ej.: “¡Ah, sí!, también bauticé a la familia de Estéfanas” (1 Cor 1,16; también Hch 16,15.33; 10,48; 18,8)—. Siendo que la familia (o casa) en aquel tiempo era más amplia, porque no solo abarcaba a los padres y sus hijos, sino también a los servidores, y los esclavos, y sus hijos, es decir, los nacidos en su casa (cf. Gn 17,23-27).

“Desde los tiempos más antiguos, el Bautismo es dado a los niños, porque es una gracia y un don de Dios que no suponen méritos humanos; los niños son bautizados en la fe de la Iglesia. La entrada en la vida cristiana da acceso a la verdadera libertad” (CIC, n. 1282).

A pesar de la evidencia bíblica e histórica, hay quienes se atreven a negar la necesidad de bautizar a los niños, arrastrando a muchos con sus propias interpretaciones bíblicas y doctrinas erradas, para su propio perjuicio y lamentablemente el de los suyos…

Piensen seriamente los fieles en la sagrada obligación que tienen de llevar a sus hijos al bautismo apenas sea posible hacerlo sin peligro para los mismos, porque no tienen otro medio para conseguir la salvación. Sería culpa grave el dejarles más de lo necesario privados de esta gracia del sacramento, tanto más cuanto que su misma debilidad y fragilidad puede exponerles fácilmente a peligro de muerte” 3.

Algunos incluso llegan a negar la existencia del pecado original. Sin embargo la Biblia enseña la realidad del pecado original.

La Biblia es clara: el pecado original existe y se hereda

Consta en la Biblia que Adán y Eva fueron engañados por el demonio y desobedecieron a Dios (cf. Gn 3,1-19), por tanto, “transmitieron a su descendencia la naturaleza humana herida por su primer pecado, privada por tanto de la santidad y la justicia originales. Esta privación es llamada “pecado original”” (CIC, n. 417).

Como consecuencia del pecado original todos nacemos en una condición de naturaleza caída, una naturaleza que ha quedado sometida a la ignorancia, al sufrimiento, a la muerte y a la inclinación al pecado (esta inclinación al mal se llama concupiscencia). Nuestra condición humana está bajo una cierta esclavitud del maligno que nos quita libertad: “Por el pecado de los primeros padres, el diablo adquirió un cierto dominio sobre el hombre, aunque éste permanezca libre. El pecado original entraña “la servidumbre bajo el poder del que poseía el imperio de la muerte, es decir, del diablo” (Concilio de Trento: DS 1511, cf. Hb 2,14)” (CIC, n. 407).

Ahora bien, en la Biblia encontramos muchos versículos que enseñan claramente que el pecado original existe y se hereda:

  • “por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores” (Rom 5,19).
    • Con este versículo San Pablo afirma que “Todos los hombres están implicados en el pecado de Adán” (CIC, n. 402).
    • Es evidente que cuando este versículo dice “un solo hombre” se refiere a Adán, teniendo presente que Eva fue creada a partir de Adán.
  • “Por tanto, como por un solo hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte y así la muerte alcanzó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Rom 5,12).
    • Todo el género humano por descender de Adán ha contraído el pecado original.
  • “Mira que en culpa ya nací, pecador me concibió mi madre” (Sal 51,7).
    • Todos nacemos en culpa, porque ya desde el momento de la concepción estamos con esa culpa del pecado original.
  • Pues ¿quién puro será de inmundicia? Empero nadie. Aún cuando un día la vida de él sobre la tierra; y contados sus meses por ti; tiempo fijástele, y no pasará más allá, no” (Job 14,4-5 Biblia Septuaginta al Español).
    • Orígenes dice sobre este texto: nadie está exento de pecado, aún cuando su vida en la tierra no haya durado más que un solo día4.
    • El ser humano, por el pecado original, ya nace impuro, aun teniendo un solo día de vida en la tierra.
  • “aunque no ignorabas que su origen era perverso y su malicia innata” (Sab 12,10 BPD).
    • La malicia es innata, de nuevo, por el pecado original.

Con estos versículos vemos que la doctrina del pecado original está sólidamente fundamentada en la Biblia. Esta enseña que también los niños tienen el pecado original, porque todos nacemos en una condición de naturaleza caída, como consecuencia del pecado original que heredamos.

sabemos por la Revelación que Adán había recibido la santidad y la justicia originales no para él solo sino para toda la naturaleza humana: cediendo al tentador, Adán y Eva cometen un pecado personal, pero este pecado afecta a la naturaleza humana, que transmitirán en un estado caído (cf. Concilio de Trento: DS 1511-1512). Es un pecado que será transmitido por propagación a toda la humanidad, es decir, por la transmisión de una naturaleza humana privada de la santidad y de la justicia originales. Por eso, el pecado original es llamado “pecado” de manera análoga: es un pecado “contraído”, “no cometido”, un estado y no un acto” (CIC, n. 404).

Los niños no son responsables del pecado original porque no es un pecado personal suyo, pero lo heredan de Adán. Se trata de un pecado contraído, no cometido. Debido a su naturaleza humana se encuentran en un estado de naturaleza caída, y no por algo que hayan hecho.

¿Cómo el pecado de Adán vino a ser el pecado de todos sus descendientes? Todo el género humano es en Adán (…) ("Como el cuerpo único de un único hombre") (Santo Tomás de Aquino, Quaestiones disputatae de malo, 4,1). Por esta “unidad del género humano”, todos los hombres están implicados en el pecado de Adán, como todos están implicados en la justicia de Cristo” (CIC, n. 404).

8 razones por las que hay que bautizar a los niños

Ahora que tenemos claro que los niños tienen el pecado original. A continuación, te presentamos 8 razones por las que hay que bautizar a los niños. Ya que el don del bautismo, no solo les borra el pecado original, sino también les da la inestimable gracia de ser hijos de Dios, les da el don de la fe, los incorpora a la Iglesia, y les da el Espíritu Santo prometido a padres e hijos.

1. Hay que bautizar a los niños porque el Bautismo les borra el pecado original

Hay que bautizar a los niños porque, aunque no tienen pecados personales, sí tienen el pecado original y sus consecuencias. Como dijimos, el maligno, como consecuencia del pecado original tiene un cierto poder sobre la condición humana que nos quita libertad. El demonio no va a esperar a que seamos mayores para empezar a tentarnos, lo va a hacer desde el minuto uno, desde el comienzo de nuestra conciencia. Por lo tanto, los padres que aman y quieren lo mejor para sus hijos, los llevan a bautizar.

Adán y Eva —antes del pecado original— estaban protegidos por Dios en un estado de santidad y de justicia original, y fruto del pecado original se rompe esa protección y nosotros nacemos en un estado que no está protegido de esa manera. Y Satanás y sus ángeles tienen un influjo, tienen un cierto dominio sobre la naturaleza humana después de que el pecado original rompió esa protección que Dios tenía sobre nosotros. El Bautismo, consiste en un RESCATE de la naturaleza humana de ese cierto influjo que Satanás y sus ángeles tienen sobre nosotros. Es como devolver a Dios: “borra el pecado original y devuelve el hombre a Dios”. (…) A Satanás, en las cartas de San Juan, se le llama “el príncipe de este mundo”. Es decir que tiene un cierto señorío, un cierto influjo. Precisamente el Bautismo, donde se hace una especie de signo de “expulsión de Satanás” sobre el niño o adulto que se bautiza, —incluso se le llama “exorcismo”—. Se pide que Satanás no tenga dominio sobre él y sea devuelto a Dios” (cf. Monseñor José Ignacio Munilla, Catecismo 405-406).

En efecto, es por medio del Bautismo, que recién nacidos y adultos, somos limpiados del pecado original y de todo pecado personal (en el caso de los adultos), y somos devueltos a Dios.

“El Bautismo perdona el pecado original, todos los pecados personales y todas las penas debidas al pecado” (Compendio CIC, n. 263).

Tal pecado se borra por los méritos de la Redención de Cristo, los cuales se aplican ordinariamente tanto a los adultos como a los niños por medio del sacramento del bautismo. Por eso, aún los niños recién nacidos reciben el bautismo para remisión de los pecados” (Dz. 791).

Ahora bien, es importante saber que “El Bautismo, dando la vida de la gracia de Cristo, borra el pecado original y devuelve el hombre a Dios, pero las consecuencias para la naturaleza, debilitada e inclinada al mal, persisten en el hombre y lo llaman al combate espiritual” (CIC, n. 405).

“Si la concupiscencia es resultado del pecado original, y el bautismo borra el pecado original, ¿por qué todavía estamos inclinados al mal después del bautismo? (…) Las consecuencias del pecado original, como el sufrimiento, la tentación, la enfermedad y la muerte, permanecen después de que el pecado ha sido perdonado en el bautismo: (1) para recordarnos la miseria que siempre sigue al pecado; y (2) para brindarnos una oportunidad de aumentar nuestro mérito al soportar estas dificultades con paciencia5.

“Pero también debemos saber que no estamos solos, que la Madre Iglesia reza para que sus hijos, regenerados en el Bautismo, no sucumban a las asechanzas del malvado sino que las venzan por la potencia de la Pascua de Cristo” (Papa Francisco, Audiencia general, 25.04.2018, “press.vatican.va”).

Entonces, el bautismo no solo les borra el pecado original a los niños y los devuelve a Dios, sino también, la presencia del Espíritu Santo que reciben, los ayudará a perseverar en las diferentes dificultades y pruebas de la vida, y a luchar por el bien.

2. Hay que bautizar a los niños porque el bautismo es necesario para la salvación

Como hemos visto, El Señor mismo afirma que el Bautismo es necesario para la salvación (cf Jn 3,5)” (CIC, n. 1257). Por ello, encomendó a sus discípulos la importante misión de anunciar el evangelio y de bautizar (hacer “renacer del agua y del Espíritu”), a todos los que puedan ser bautizados:

“Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado” (Mt 20,19-20).

Cuando Jesús dice “a todas las gentes”, incluye a todos: bebés, niños y adultos, sin excluir a nadie, porque Dios quiere que todos se salven (cf. 1 Tm 2,4). Más aún, Jesús es Dios, y su ternura y predilección por los niños le hizo decir:

Dejen que los niños se acerquen a mí y no se lo impidan" (Mc 10,14 BPD).

Por otro lado, El Bautismo es necesario para la salvación en aquellos a los que el Evangelio ha sido anunciado y han tenido la posibilidad de pedir este sacramento (cf Mc 16,16). La Iglesia no conoce otro medio que el Bautismo para asegurar la entrada en la bienaventuranza eterna; por eso está obligada a no descuidar la misión que ha recibido del Señor de hacer “renacer del agua y del Espíritu” a todos los que pueden ser bautizados. Dios ha vinculado la salvación al sacramento del Bautismo, sin embargo, Él no queda sometido a sus sacramentos” (CIC, n. 1257).

“No sabemos si Dios tiene modo de salvar a los niños que mueren sin bautismo. Lo que sí sabemos es que los niños que mueren bautizados se salvan seguro. Por eso la Iglesia quiere que los niños se bauticen cuanto antes. Si yo tengo una medicina que cura seguro, y otra que no sé si cura o no, lo sensato es aplicar la segura y no contentarse con la dudosa” 6.

“En cuanto a los niños muertos sin Bautismo, la Iglesia sólo puede confiarlos a la misericordia divina, como hace en el rito de las exequias por ellos” (CIC, n. 1261).

Por lo tanto, no debemos impedir que los niños vengan a Cristo por el don del Bautismo.

3. Hay que bautizar a los niños para que reciban el Espíritu Santo

Hay que bautizar a los niños para que reciban el Espíritu Santo prometido a padres e hijos (cf. Jl 3,1; Hch 2,15-17; Hch 2,38-39). Ya que el don del Espíritu Santo y sus gracias no dependen de la edad. Así, vemos que la Biblia no hace distinción alguna entre padres e hijos (adultos o recién nacidos) para recibirlo, ya que es un don gratuito para todos.

Se trata, en efecto, del Espíritu que el profeta Joel había anunciado en el Antiguo Testamento, que vendría sobre todos los hombres, incluyendo hijos e hijas:

“Después de esto, yo derramaré mi espíritu sobre todos los hombres: sus hijos y sus hijas profetizarán, sus ancianos tendrán sueños proféticos y sus jóvenes verán visiones” (Jl 3,1 BPD).

Y que se cumplió el día de Pentecostés, con la venida del Espíritu Santo:

“Estos hombres no están ebrios, como ustedes suponen, ya que no son más que las nueve de la mañana, sino que se está cumpliendo lo que dijo el profeta Joel: “En los últimos días, dice el Señor, derramaré mi Espíritu sobre todos los hombres y profetizarán sus hijos y sus hijas; los jóvenes verán visiones y los ancianos tendrán sueños proféticos” (Hch 2,15-17 BPD).

En su primer discurso, San Pedro llamaba a todos a convertirse y bautizarse para obtener el perdón de los pecados y recibir el Espíritu Santo prometido:

“Pedro les respondió: «Conviértanse y háganse bautizar en el nombre de Jesucristo para que les sean perdonados los pecados, y así recibirán el don del Espíritu Santo. Porque la promesa ha sido hecha a ustedes y a sus hijos, y a todos aquellos que están lejos: a cuantos el Señor, nuestro Dios, quiera llamar»” (Hch 2,38-39 BPD).

La secuencia cronológica en el pasaje anterior es clara: primero es necesario convertirse, y después viene el Bautismo, por el cual recibimos el perdón de nuestros pecados (incluyendo el pecado original), y recibimos la promesa del Espíritu Santo. Es importante no pasar por alto que el apóstol Pedro, inmediatamente afirma que esta promesa es tanto para padres como para sus hijos (cf. Hch 2,39; Jl 3,1). En efecto, esta promesa sigue cumpliéndose hasta la actualidad, en la verdadera Iglesia de Cristo: la Iglesia Católica, donde tanto los padres como sus hijos son bautizados.

Hay que advertir que muchas sectas protestantes o grupos religiosos interpretan equivocadamente Hechos 2,38 (pasando enteramente por alto el versículo 39), diciendo que los niños no se pueden convertir, puesto que no tienen uso de razón, y que, por lo tanto, no deberían ser bautizados. Pero, San Pedro dice conviértanse y háganse bautizar, refiriéndose a la gente adulta, porque era cuando apenas estaba iniciando la primera comunidad cristiana. En el caso de los adultos, por supuesto, la fe es lo primero, pues es la fe la que los lleva a pedir el Bautismo. Pero, una vez que los adultos se convertían, entonces bautizaban a sus hijos en virtud de su fe como padre de familia —“Ten fe en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu casa” (Hch 16,31)—.

A pesar de que la Biblia afirma que la promesa de recibir el Espíritu Santo mediante el bautismo es para los padres y para sus hijos, Algunos piensan : pero ¿por qué bautizar a un niño que no entiende? Esperemos a que crezca, a que entienda y sea él mismo el que pida el bautismo . Pero esto significa no tener confianza en el Espíritu Santo, porque cuando bautizamos a un niño, en ese niño entra el Espíritu Santo y el Espíritu Santo hace que crezcan en ese niño, desde pequeño, virtudes cristianas que florecerán después. Siempre hay que dar a todos esta oportunidad , a todos los niños, la de tener dentro al Espíritu Santo que los guíe durante la vida. ¡No os olvidéis de bautizar a los niños! Nadie merece el Bautismo, que es siempre un don gratuito para todos, adultos y recién nacidos” (Papa Francisco, Audiencia general, 11.04.2018, press.vatican.va).

Además, aunque “en el bautizado permanecen ciertas consecuencias temporales del pecado, como los sufrimientos, la enfermedad, la muerte o las fragilidades inherentes a la vida como las debilidades de carácter, etc., así como una inclinación al pecado” (CIC, n. 1264). Los padres confían que el Espíritu Santo recibido en el bautismo, les dará a sus hijos la gracia para luchar contra el pecado y resistir las tentaciones, así como la sabiduría y el conocimiento necesario para tomar las decisiones correctas en sus vidas y crecer en santidad. Por ejemplo, ya desde el Antiguo Testamento vemos que Dios, por su gracia, le comunicaba cosas grandes por medio de sueños a José el soñador, sin importar que fuese uno de los más pequeños de la familia (cf. Gn 37,5-10).

Entonces, el sacramento del Bautismo es un don gratuito para todos, por medio de él, adultos y recién nacidos sin distinción, reciben el Espíritu Santo, el cual los fortalecerá, defenderá, guiará y ayudará durante toda su vida.

4. Hay que bautizar a los niños porque en la Biblia familias enteras recibían el bautismo

Hay que bautizar a los niños porque el Bautismo de los niños es bíblico. Como vimos, muchas sectas protestantes o grupos religiosos solo bautizan adultos, creyendo equivocadamente que eso enseña la Biblia. Pero en la Biblia se narra que familias enteras se bautizaron, por supuesto, incluyendo niños. Porque, como vimos al comienzo, según la costumbre de aquel tiempo, la ‘familia’ o ‘casa’, era más amplia, porque abarcaba a los padres y sus hijos (bebés, niños), y a los servidores, y los esclavos, incluyendo los hijos de estos, porque eran nacidos en su casa (cf. Gn 17,23-27). Y con la fe del padre de familia y de la Iglesia, se aseguraba el bautismo para todos.

El Bautismo aparece siempre ligado a la fe: “Ten fe en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu casa”, declara san Pablo a su carcelero en Filipos. El relato continúa: “el carcelero inmediatamente recibió el bautismo, él y todos los suyos” (Hch 16,31-33)” (CIC, n. 1226).

Este don de la fe no depende de la conciencia ni de la inteligencia del niño: el Bautismo de los niños sigue presuponiendo la fe, pero en este caso es la fe de los padres y de la Iglesia (personificada en cierto modo en los padrinos). Ya que son estos quienes creen que bautizando al niño se le inserta en la salvación.

Así, en la Biblia encontramos muchos versículos en donde familias o casas enteras (incluyendo niños), recibieron el bautismo en virtud de la fe de los padres y de la Iglesia:

  • 1. San Pablo bautizó a Lidia junto con su familia:
    • Cuando ella y los de su casa recibieron el bautismo” (Hch 16,15).
  • 2. Como vimos, San Pablo y Silas bautizaron a su carcelero junto con todos los suyos (su familia):
    • Ten fe en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu casa” (Hch 16,31); “inmediatamente recibió el bautismo él y todos los suyos” (Hch 16,33).
  • 3. San Pablo también bautizó a la familia de Estéfanas:
    • ¡Ah, sí!, también bauticé a la familia de Estéfanas” (1 Cor 1,16).
  • 4. Crispo y toda su familia se hicieron bautizar después de escuchar a Pablo:
    • Crispo, el jefe de la sinagoga, creyó en el Señor con toda su casa; y otros muchos corintios al oír a Pablo creyeron y recibieron el bautismo” (Hch 18,8).
  • 5. San Pedro bautizó a Cornelio el centurión, junto con sus familiares y sus amigos íntimos:
    • Cornelio estaba esperando a Pedro, dispuesto a escuchar y acoger la Buena Noticia, y por eso, Había reunido a sus parientes y a los amigos íntimos” (Hch 10,24). Y el relato termina cuando Pedro: mandó que fueran bautizados en el nombre de Jesucristo” (Hch 10,48).

1. Tomemos primero el caso de Lidia, una vendedora de púrpura, quien al escuchar la predicación del apóstol Pablo, se convirtió al Señor y se bautizó junto con su familia (los de su casa).

“Una de ellas, llamada Lidia, vendedora de púrpura, natural de la ciudad de Tiatira, y que adoraba a Dios, nos escuchaba. El Señor le abrió el corazón para que se adhiriese a las palabras de Pablo. Cuando ella y los de su casa recibieron el bautismo, suplicó: «Si juzgáis que soy fiel al Señor, venid y quedaos en mi casa». Y nos obligó a ir” (Hch 16,14-15).

Vemos aquí que la fe de Lidia fue suficiente para asegurar el bautismo de su familia. Es natural que las madres deseen lo mejor para su familia, por lo que es lógico pensar que Lidia después de haber creído y recibido el bautismo, hubiera inmediatamente deseado y pedido el bautismo para toda su familia, incluyendo los niños; y como no desearlo, ya que, como vimos, el bautismo es necesario para la salvación.

2. Un segundo ejemplo lo encontramos más adelante en el libro de los Hechos: en aquel impresionante episodio donde Pablo y Silas son liberados de la cárcel por intervención de Dios. De nuevo, la Biblia nos dice claramente que el carcelero fue bautizado junto con toda su familia, es decir, todos los que componen su casa:

“El carcelero pidió luz, entró de un salto y tembloroso se arrojó a los pies de Pablo y Silas, los sacó fuera y les dijo: «Señores, ¿qué tengo que hacer para salvarme?» Le respondieron: «Ten fe en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu casa». Y le anunciaron la Palabra del Señor a él y a todos los de su casa. En aquella misma hora de la noche el carcelero los tomó consigo y les lavó las heridas; inmediatamente recibió el bautismo él y todos los suyos. Les hizo entonces subir a su casa, les preparó la mesa y se alegró con toda su familia por haber creído en Dios” (Hch 16,29-34).

Cabe mencionar que Pablo y Silas le responden al carcelero: Ten fe en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu casa”, y no: Tengan fe en el Señor Jesús y te salvarás, tú y toda tu familia”, un argumento que muestra que, con la fe del padre, se asegura el bautismo para toda la familia.

En este ejemplo, vemos también que el bautismo fue motivo de alegría para todos en la familia del carcelero —“y se alegró con toda su familia por haber creído en Dios” (v. 34)—. Entonces, ¿cómo podría haber sido motivo de alegría para todos, si los hijos hubieran sido excluidos? ¿Qué padres podrían festejar alegremente, si sus queridos hijos hubieran sido privados de el don de la vida nueva como hijos de Dios que es el bautismo, necesario para la vida eterna? Más bien, toda la familia (incluyendo niños) se alegró, por la gracia recibida en el bautismo.

3. Encontramos un tercer ejemplo en la primera carta a los Corintios, donde el Apóstol Pablo menciona que bautizó a una familia: ¡Ah, sí!, también bauticé a la familia de Estéfanas” (1 Cor 1,16). “San Pablo, al bautizar a toda una familia en Corinto, debió bautizar también a los niños que en ella había” 7. Porque de nuevo, enfatizamos que ‘familia’, en aquellos tiempos y ahora, incluye a los bebés o niños, lo cual, lejos de ser solo una suposición —como argumentan algunos—, es simple sentido común.

4. Cuarto ejemplo, Crispo, jefe de la sinagoga, fue bautizado junto con toda su familia después oír y acoger la predicación de san Pablo: Crispo, el jefe de la sinagoga, creyó en el Señor con toda su casa; y otros muchos corintios al oír a Pablo creyeron y recibieron el bautismo” (Hch 18,8).

5. También tenemos el caso de la familia del centurión Cornelio, quien, en su casa, Había reunido a sus parientes y a los amigos íntimos” (Hch 10,24), esperando la llegada de san Pedro. Y quienes el mismo Apóstol —después de haberle escuchado, y haber recibido el Espíritu Santo— mandó bautizar: «¿Acaso puede alguno negar el agua del bautismo a éstos que han recibido el Espíritu Santo como nosotros?» Y mandó que fueran bautizados en el nombre de Jesucristo” (Hch 10,47-48). Por supuesto, es lógico asumir que hubiera niños dentro de la familia y parientes de Cornelio, y dentro las familias de sus amigos presentes, quienes fueron bautizados.

Este ejemplo, en particular nos recuerda la importancia del Bautismo para ser incorporados a Cristo y ser parte de la Iglesia. De otra manera, ¿por qué ordenaría san Pedro que fueran bautizados Cornelio y su familia, si ya habían recibido el Espíritu Santo, y por lo mismo también sus pecados habían sido perdonados? La respuesta es que, mediante el Bautismo, entraron a formar parte de la Iglesia.

Después de ver estos ejemplos, alguno podría obstinadamente decir que ni Lidia, ni el carcelero, ni Cornelio, ni nadie de ellos tenía bebés o niños en su familia (la cual, recordemos que incluía servidores y esclavos, y los hijos de ellos), pero entonces estaría sosteniendo que, en todos estos casos, cuando la Biblia dice ‘su familia’ o ‘todos los de su casa’, se refiere a solo a casas compuestas de adultos sin niños, lo cual sería muy improbable para la época, porque es un hecho que las familias tenían considerablemente más hijos que hoy en día.

También, en ninguno de estos casos hay suficiente motivo para pensar que cuando la Palabra de Dios menciona que fueron bautizados junto con “su familia”, se refiera a que solo los adultos creyentes fueron bautizados, ya que como hemos visto, no hay ningún caso en la Biblia en donde se excluya a los niños cuando se menciona que una familia recibió el bautismo.

Por el contrario, lo más probable es que todos tuvieran al menos algún niño en su familia, y, por lo tanto, pidieran su bautismo, bastando la fe de los padres y de la Iglesia. Porque en la encomienda que Dios da a un padre y a una madre, está también la autoridad de ofrecerles a sus hijos lo que en conciencia entienden que es el camino de salvación. De la misma manera que no esperamos a que nuestros hijos entiendan de nutrición para alimentarlos, tampoco esperamos a que nuestros hijos entiendan sobre la salvación para llevarlos a recibir la inestimable gracia del bautismo.

Con estos ejemplos, vemos claramente que, en el caso de los niños, basta la fe de los padres y de la Iglesia para bautizarlos. Por lo tanto, ya que la Biblia menciona que familias o casas enteras fueron bautizadas, sin excluir nunca a los niños, entonces, el bautismo de los niños es bíblico.

5. Hay que bautizar a los niños para que sean hijos de Dios

Todos somos creación de Dios, pero el bautismo nos da la inestimable gracia de ser hijos de Dios. Así que un niño que no está bautizado no es hijo de Dios, es criatura de Dios. Por tanto, hay que bautizar a los niños para que sean liberados del pecado y regenerados como hijos de Dios (cf. CIC, n. 1213).

“Puesto que nacen con una naturaleza humana caída y manchada por el pecado original, los niños necesitan también el nuevo nacimiento en el Bautismo (cf. DS 1514) para ser librados del poder de las tinieblas y ser trasladados al dominio de la libertad de los hijos de Dios (cf. Col 1,12-14), a la que todos los hombres están llamados. La pura gratuidad de la gracia de la salvación se manifiesta particularmente en el bautismo de niños. Por tanto, la Iglesia y los padres privarían al niño de la gracia inestimable de ser hijo de Dios si no le administraran el Bautismo poco después de su nacimiento (cf. CIC can. 867; CCEO, can. 681; 686,1)” (CIC, n. 1250).

“Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!” (1 Jn 3,1).

En definitiva, Dios «nos ha dado esta identidad de hijos». Incluso podemos decir: «Somos “como dioses” porque somos hijos de Dios»” (Papa Francisco, Cuestión de ADN (7 de febrero de 2017)).

Y realmente al recibir en la Iglesia el sacramento del bautismo, los niños que los padres y padrinos presentan, se convierten en hijos de Dios, hijos en el Hijo.

Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre” (Jn 1,12).

“Todos los hombres nacemos en Adán hijos de ira [cf. Ef 2,3-5]; mas por el bautismo renacemos en Cristo hijos de misericordia” (Catecismo Romano ES 2100, III).

¡Grande es este don que recibimos del Misterio pascual de Jesús!

En la cruz, Jesús se ofreció a sí mismo cargando sobre sí nuestros pecados y bajando al abismo de la muerte, y en la Resurrección los vence, los elimina y nos abre el camino para renacer a una vida nueva. San Pedro lo expresa sintéticamente al inicio de su Primera Carta, como hemos escuchado: «Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor, Jesucristo, que, por su gran misericordia, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha regenerado para una esperanza viva; para una herencia incorruptible, intachable e inmarcesible» (1, 3-4). El Apóstol nos dice que, con la resurrección de Jesús, acontece algo absolutamente nuevo: somos liberados de la esclavitud del pecado y nos convertimos en hijos de Dios, es decir, somos generados a una vida nueva. ¿Cuándo se realiza esto por nosotros? En el Sacramento del Bautismo” (Papa Francisco, Audiencia general del 10 de abril de 2013).

Además, todos los bautizados en el Espíritu Santo recibido, podemos llamar a Dios “Padre”, y a Jesucristo “hermano nuestro”.

“San Pablo en la Carta a los Romanos escribe: vosotros «habéis recibido un espíritu de hijos de Dios, en el que clamamos: “¡Abba, Padre!”» (Rm 8, 15). Es precisamente el Espíritu que hemos recibido en el Bautismo que nos enseña, nos impulsa, a decir a Dios: «Padre», o mejor, «Abba!» que significa «papá». Así es nuestro Dios: es un papá para nosotros. El Espíritu Santo realiza en nosotros esta nueva condición de hijos de Dios. Este es el más grande don que recibimos del Misterio pascual de Jesús” (Papa Francisco, Audiencia general del 10 de abril de 2013).

Y también, como hijos de Dios por el bautismo, podemos llamar “Madre nuestra” a la Santísima Virgen María, porque desde la cruz, nuestro Señor Jesucristo nos dio a todos (incluyendo a los niños) a María como Madre espiritual. Ya que todos los bautizados somos sus discípulos (cf. Mt 28,19), Jesús dice a cada uno de nosotros: “Ahí tienes a tu madre” (Jn 19,26-27). A ella le encomendamos a nuestros niños, para que lleguen a ser auténticos cristianos.

6. Hay que bautizar a los niños para que sean incorporados a la Iglesia

Hay que bautizar a los niños para que sean miembros de Cristo, sean incorporados al nuevo pueblo de Dios, que es la Iglesia, y sean hechos partícipes de su misión (cf. CIC, n. 1213).

No hay que confundir la iglesia del pueblo (el templo físico donde se reúnen los bautizados para sus actos religiosos), con la Iglesia Católica (que es el nuevo pueblo de Dios formado por quienes hemos sido hechos hijos de Dios y miembros de Cristo, por la fe y el bautismo). Queda claro entonces que todos los bautizados forman la Iglesia que es el nuevo pueblo de Dios.

Por ejemplo, en el siguiente versículo, el apóstol san Pablo llama “santos” a los hijos por la fe del padre o de la madre, un término que solo se usa en la Biblia para señalar a los miembros de la Iglesia, por lo que podemos entender que está refiriéndose a hijos bautizados:

“Pues el marido no creyente queda santificado por su mujer, y la mujer no creyente queda santificada por el marido creyente. De otro modo, vuestros hijos serían impuros, mas ahora son santos” (1 Cor 7,8).

Ahora bien, nadie ignora que en la Antigua Alianza, los niños eran circuncidados al octavo día como signo de pertenencia al antiguo pueblo de Dios y de la Antigua Alianza (cf: Gn 17,9-14; Jos 5,1-9).

“Dijo Dios a Abraham: «Guarda, pues, mi alianza, tú y tu posteridad, de generación en generación. Esta es mi alianza que habéis de guardar entre yo y vosotros - también tu posteridad -: Todos vuestros varones serán circuncidados. Os circuncidaréis la carne del prepucio, y eso será la señal de la alianza entre yo y vosotros. A los ocho días será circuncidado entre vosotros todo varón, de generación en generación, tanto el nacido en casa como el comprado con dinero a cualquier extraño que no sea de tu raza. Deben ser circuncidados el nacido en tu casa y el comprado con tu dinero, de modo que mi alianza esté en vuestra carne como alianza eterna. El incircunciso, el varón a quien no se le circuncide la carne de su prepucio, ese tal será borrado de entre los suyos por haber violado mi alianza” (Gn 17,9-14).

Vemos también que cuando Dios pacta con el pueblo de Israel, lo hace con todo el pueblo, incluyendo a los niños.

“Ahora, pues, si de veras escucháis mi voz y guardáis mi alianza, vosotros seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra; seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa.” Estas son las palabras que has de decir a los hijos de Israel». Fue, pues, Moisés y convocó a los ancianos del pueblo y les expuso todas estas palabras que Yahveh le había mandado. Todo el pueblo a una respondió diciendo: «Haremos todo cuanto ha dicho Yahveh»” (Ex 19,5-8).

Dios ni antes ni ahora excluye a los niños, por eso, de acuerdo al apóstol san Pablo, cuando el pueblo de Dios fue liberado de Egipto: “todos fueron bautizados en Moisés, por la nube y el mar” (1 Cor 10,2). Siendo evidente que cuando dice que “todos fueron bautizados”, se refiere a niños y adultos, ya que todo el pueblo de Dios cruzó en conjunto el Mar Rojo.

Ahora bien, debemos saber que el signo de la circuncisión “prefigura “la circuncisión en Cristo” que es el Bautismo (Col 2, 11-13)” (CIC, n. 527). Por otro lado, el hecho de que los niños solían ser circuncidados al octavo día (cf. Gn 17,11; Lv 12,3; Lc 1,59), es figura del bautismo de los niños.

“Y si la circuncisión corporal, realizada por manos de hombres, beneficiaba a los niños, ¿cuánto más no les aprovechará la circuncisión espiritual del bautismo de Cristo?8.

El bautismo entonces, sustituye a la circuncisión, porque por la fe (de los padres y de la Iglesia en el caso de los niños) y el bautismo somos incorporados al nuevo pueblo de Dios, que ya no necesita circuncisión (Hch 15; Gal 2).

De la misma manera que los niños eran circuncidados para pertenecer al pueblo de Dios y la Antigua Alianza, los niños ahora son bautizados para pertenecer al nuevo pueblo de Dios y la Nueva Alianza (“con Cristo y en el Espíritu Santo se tiene la Nueva Alianza” 9).

Además, no es lógico pensar que la Nueva Alianza sea más limitada que la Antigua, dejando fuera a los niños hasta que tengan uso de razón. Por el contrario, la Biblia dice que la Nueva Alianza de Dios con su pueblo incluye a los más chicos (los niños), como se había profetizado en el Antiguo Testamento:

“He aquí que días vienen - oráculo de Yahveh - en que yo pactaré con la casa de Israel (y con la casa de Judá) una nueva alianza; no como la alianza que pacté con sus padres, cuando les tomé de la mano para sacarles de Egipto; que ellos rompieron mi alianza, y yo hice estrago en ellos - oráculo de Yahveh -. Sino que esta será la alianza que yo pacte con la casa de Israel, después de aquellos días - oráculo de Yahveh -: pondré mi Ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré, y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Ya no tendrán que adoctrinar más el uno a su prójimo y el otro a su hermano, diciendo: «Conoced a Yahveh», pues todos ellos me conocerán del más chico al más grande - - oráculo de Yahveh - cuando perdone su culpa, y de su pecado no vuelva a acordarme” (Jer 31,31-34).

Y se cumplió en el Nuevo Testamento:

Esta es la Alianza que pactaré con la casa de Israel después de aquellos días, dice el Señor: Pondré mis leyes en su mente, en sus corazones las grabaré; y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Y no habrá de instruir cada cual a su conciudadano ni cada uno a su hermano diciendo: «¡Conoce al Señor!», pues todos me conocerán, desde el menor hasta el mayor de ellos” (Hb 8,10-11).

Entonces, hay que bautizar a los niños para que incorporados a Cristo por el bautismo, se integren en el nuevo Pueblo de Dios, la Iglesia, y sean hechos partícipes a su modo por esta razón de la función sacerdotal, profética y real de Cristo; y cada uno según su propia condición, conforme al tiempo y la voluntad de Dios, sean llamados a desempeñar la misión que Jesucristo encomendó a la única Iglesia que fundó, la Católica 10:

“Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado” (Mt 20,19-20).

Nota: el pasaje anterior dice primero bautizar y luego enseñar. Así como el antiguo pueblo de Dios, primero circuncidaba a los niños y luego les enseñaba la tradición judía. El nuevo pueblo de Dios primero bautiza a los niños y luego les enseña la tradición cristiana. Además, este orden de primero bautizar y luego enseñar, es porque en esta etapa de la predicación, familias enteras han aceptado el evangelio, entonces se tenía que enseñar y formar en la fe a quienes habían nacido en familias cristianas.

7. Hay que bautizar a los niños para que reciban el don de la fe

Hay que bautizar a los niños, porque por medio del Sacramento del Bautismo se recibe el regalo más bello, el de la fe.

El niño no es capaz de un acto libre para recibir la fe, no puede confesarla todavía personalmente y, precisamente por eso, la confiesan sus padres y padrinos en su nombre. La fe se vive dentro de la comunidad de la Iglesia, se inscribe en un « nosotros » comunitario. Así, el niño es sostenido por otros, por sus padres y padrinos, y es acogido en la fe de ellos, que es la fe de la Iglesia, simbolizada en la luz que el padre enciende en el cirio durante la liturgia bautismal. Esta estructura del bautismo destaca la importancia de la sinergia entre la Iglesia y la familia en la transmisión de la fe. A los padres corresponde, según una sentencia de san Agustín, no sólo engendrar a los hijos, sino también llevarlos a Dios, para que sean regenerados como hijos de Dios por el bautismo y reciban el don de la fe[38]. Junto a la vida, les dan así la orientación fundamental de la existencia y la seguridad de un futuro de bien, orientación que será ulteriormente corroborada en el sacramento de la confirmación con el sello del Espíritu Santo” 11.

La fe es un don gratuito que Dios nos hace, pero este don inestimable podemos perderlo (cf. CIC, n. 162). Por eso es muy importante que los padres y padrinos, además de llevar a bautizar a los niños, se comprometan a ayudarlos y acompañarlos durante su vida, para que la fe crezca en ellos:

En todos los bautizados, niños o adultos, la fe debe crecer después del Bautismo” (CIC, n. 1255).

Para que la gracia bautismal pueda desarrollarse es importante la ayuda de los padres. Ese es también el papel del padrino o de la madrina, que deben ser creyentes sólidos, capaces y prestos a ayudar al nuevo bautizado, niño o adulto, en su camino de la vida cristiana” (CIC, n. 1255).

Los niños “son bautizados en la fe de la Iglesia, profesada por sus padres, padrinos y madrinas, y por los cristianos presentes, que después los llevarán de la mano en el seguimiento de Cristo. El rito del Bautismo recuerda con insistencia el tema de la fe ya desde el inicio, cuando el celebrante recuerda a los padres que, al pedir el bautismo para sus hijos, asumen el compromiso de “educarlos en la fe”” (Benedicto XVI, 10 de enero de 2010: Fiesta del Bautismo del Señor).

En efecto, padres y padrinos tienen la obligación de procurar que los bautizados “aprendan la doctrina cristiana, e incurren en culpa delante de Dios si descuidan esta obligación” (Catecismo Mayor, n. 6).

Hay que bautizar a los niños para que reciban el don de la fe, y la familia bautizada (padre, madre e hijos), unida en la misma fe, sea entonces una iglesia doméstica, y con la ayuda del Espíritu Santo, se convierta activamente en esa realidad.

8. Hay que bautizar a los niños porque los primeros cristianos los bautizaban, cómo recibieron de los Apóstoles, y éstos de Cristo

Hay que bautizar a los niños porque los primeros cristianos los bautizaban, cómo recibieron directamente de los Apóstoles, y éstos de Cristo. En efecto, “La práctica de bautizar a los niños pequeños es una tradición inmemorial de la Iglesia. Está atestiguada explícitamente desde el siglo II” (CIC, n. 1252).

El bautismo de los niños se práctica desde el inicio de la Iglesia de Cristo: esto se demuestra bíblicamente, como hemos visto, porque familias enteras recibían el bautismo sin excluir a los niños (cf. Hch 16,15; 1 Cor 1,16, etc.), pero también se demuestra históricamente con diversos textos de los cristianos de los primeros siglos.

Por ejemplo, este texto —ya mencionado— de Orígenes, quien vivió en el siglo II es evidencia clara de que la práctica de bautizar a los niños viene de los mismos Apóstoles de Jesucristo: “La Iglesia ha recibido de los Apóstoles la costumbre de administrar el bautismo incluso a los niños” (Orígenes, In Rom. Com. 5,9: EH 249).

En cambio, la práctica de no bautizar a los niños no viene de Cristo ni de los Apóstoles, surgió muchos siglos después, como un invento humano, a raíz de la Reforma Protestante de Martín Lutero en el siglo XVI. Y aunque el mismo Lutero mantenía la práctica del bautismo de los niños (lo cual también evidencia que era la tradición cristiana hasta entonces): “Enseñamos también que se deben bautizar los niños y que por este Bautismo son ofrecidos a Dios y reciben la gracia de Dios” (Catecismo Menor de Martín Lutero, 1527), las denominaciones cristianas procedentes de su Reforma, se fueron alejando progresivamente de la práctica del bautismo de niños, como es el caso de los Anabaptistas, quienes se oponen al bautismo infantil.

Lamentablemente hoy en día muchos padres se han alejado de la práctica del bautismo de niños, arrastrados por los errores de diversas denominaciones cristianas, especialmente de corte evangélicos y anabaptistas, que surgieron a partir de la Reforma Protestante. Muchas de estas denominaciones cristianas niegan el bautismo de los niños basándose en interpretaciones bíblicas y doctrinas hechas por hombres, quienes, como Adán y Eva, tristemente han sucumbido a la tentación. La soberbia ha entrado en sus corazones, y tienen la absurda pretensión de ser como Dios, quieren competir con Él y sustituirlo, decidiendo lo que está bien y lo que está mal, lo que es verdad y lo que es mentira. Y terminan enseñando la mentira de que el Bautismo de niños no es bíblico, e incluso algunos llegan a negar la existencia del pecado original (pero como hemos visto, tanto el bautismo infantil como la enseñanza de la Iglesia sobre el pecado original están sólidamente fundamentados en la Biblia). De estos, advierte la misma Biblia, que interpretan torcidamente la Escritura para su propia perdición (cf. 2 Pe 3,16). Y a nosotros nos advierte: “vivid alerta, no sea que, arrastrados por el error de esos disolutos, os veáis derribados de vuestra firme postura” (2 Pe 3,17 BPD).

“La doctrina del pecado original es, por así decirlo, “el reverso” de la Buena Nueva de que Jesús es el Salvador de todos los hombres, que todos necesitan salvación y que la salvación es ofrecida a todos gracias a Cristo. La Iglesia, que tiene el sentido de Cristo (cf. 1 Cor 2,16) sabe bien que no se puede lesionar la revelación del pecado original sin atentar contra el Misterio de Cristo” (CIC, n. 389).

Por tanto, quienes engañados deciden no bautizar a los niños, deben saber que están prestando oídos a herejías protestantes relativamente nuevas (es decir, de estos últimos 500 años), poniendo en riesgo no sólo su salvación, sino la de sus hijos. Ignorando que los niños son bautizados desde tiempos apostólicos (es decir, desde hace 2,000 años) hasta la actualidad en la verdadera Iglesia de Cristo (la Iglesia Católica). Tal como como prueban los textos que hemos visto y los que mostramos a continuación:

1. San Ireneo de Lyon (140 - 205 d. C.) —discípulo de San Policarpo, quien a su vez fue discípulo del Apóstol San Juan—.

El siguiente texto de San Ireneo explica que Cristo vino a salvar a cuantos renacen para Dios sin importar la edad, porque por el bautismo renacemos en Cristo (cf. Jn 3,5):

Porque vino a salvar a todos: y digo a todos, es decir a cuantos por él renacen para Dios, sean bebés, niños, adolescentes, jóvenes o adultos. Por eso quiso pasar por todas las edades: para hacerse bebé con los bebés a fin de santificar a los bebés; niño con los niños, a fin de santificar a los de su edad, dándoles ejemplo de piedad, y siendo para ellos modelo de justicia y obediencia; se hizo joven con los jóvenes, para dar a los jóvenes ejemplo y santificarlos para el Señor; y creció con los adultos hasta la edad adulta, para ser el Maestro perfecto de todos, no sólo mediante la enseñanza de la verdad, sino también asumiendo su edad para santificar también a los adultos y convertirse en ejemplo para ellos” (San Ireneo de Lyon, Contra las herejías. Libro II, 22, 4).

2. Tertuliano (155 - c. 220 d.C.) —Importante escritor eclesiástico—.

Un texto de Tertuliano, del siglo II, que atestigua que el bautismo de los niños es una práctica inmemorial de la Iglesia:

“nunca ha tenido la iglesia un rito bautismal pensado expresamente para estos casos, sino que ha adaptado a los niños el rito del bautismo de los adultos” (Tertuliano, De baptismo, 18).

3. San Hipólito de Roma (c. 170 - 235 d.C.).

En las instrucciones sobre la administración del Bautismo, en una de las más antiguas e importantes constituciones eclesiásticas de la antigüedad: “Tradición apostólica” (escrita hacia el 215 d. C.), atribuida a San Hipólito de Roma, encontramos evidencia clara de que desde la antigüedad los niños son bautizados en la fe de sus padres:

“Al cantar el gallo, se comenzará a rezar sobre el agua. Ya sea el agua que fluye en la fuente o que fluye de lo alto. Se hará así salvo que exista una necesidad. Pero si hay una necesidad permanente y urgente, se utilizará el agua que se encuentre. Se desvestirán, y se bautizarán los niños en primer término. Todos los que puedan hablar por sí mismos, hablarán. En cuanto a los que no puedan, sus padres hablarán por ellos, o alguno de su familia. Se bautizará enseguida a los hombres y finalmente a las mujeres” (S. Hipólito, Tradición apostólica 20,21).

4. Orígenes (185 - ca. 253 d.C.) —discípulo de Clemente de Alejandría—.

En el siguiente texto, Orígenes afirma la existencia del pecado original, y la costumbre de la Iglesia primitiva de bautizar incluso a los bebés.

Toda alma que nace en la carne está manchada por la inmundicia de la maldad y el pecado… En la Iglesia, el bautismo se da para la remisión de los pecados, y, según la costumbre de la Iglesia, el bautismo se da incluso a los infantes. Si no hubiera nada en los infantes que requiriera la remisión de los pecados y nada en ellos pertinente al perdón, la gracia del bautismo parecería superflua” (Orígenes, Homilías sobre Levítico 8:3 [A.D. 248]).

En este otro texto, aclara que es necesario que los niños sean limpiados del pecado original por el bautismo, porque nadie, por breve que haya sido su vida, está exento de pecado. Y también afirma que el bautismo es necesario para la vida eterna.

“Si los niños son bautizados “para la remisión de pecados” cabe preguntarse ¿de qué pecados se trata? ¿Cuándo pudieron pecar ellos? ¿Cómo se puede aceptar semejante testimonio para el bautismo de niños si no se admite que “nadie está exento de pecado, aún cuando su vida en la tierra no haya durado más que un solo día”?. Las manchas del nacimiento son borradas por el misterio del bautismo. Se bautiza a los niños porque “si no se nace del agua y del espíritu, es imposible entrar al reino de los cielos” (Orígenes, In Luc. hom. 14, 1.5, Enrique Contreras, El Bautismo, Selección de textos patrísticos).

5. San Cipriano de Cartago (c. 200 - 258 d.C.).

En los siguientes textos, San Cipriano de Cartago defiende que el bautismo no se le debe negar a ningún infante.

En cuanto a lo que concierne al caso de los infantes: Tú [Fidus] dijiste que no deberían ser bautizados en el segundo o tercer día después de su nacimiento, que la antigua ley de la circuncisión debe tenerse en cuenta, y que no pensabas que uno debería ser bautizado y santificado dentro del octavo día después de su nacimiento. En nuestro concilio nos pareció todo lo contrario. Nadie estuvo de acuerdo con el curso que pensabas que debía tomarse. Más bien, todos juzgamos que la misericordia y la gracia de Dios no deben negarse a ningún hombre nacido” (S. Cipriano de Cartago, Cartas 64:2 [A.D. 253]).

“Si, en el caso de los peores pecadores y de aquellos que antes pecaron mucho contra Dios, cuando después creen, se les concede la remisión de sus pecados y nadie es retenido del bautismo y la gracia, ¡cuánto más, entonces, no debe ser retenido un infante, que, habiendo nacido recientemente, no ha cometido ningún pecado, excepto que, nacido de la carne según Adán, ha contraído el contagio de esa muerte antigua desde su primer nacimiento! Por esta misma razón, él [un infante] se acerca más fácilmente para recibir la remisión de los pecados: porque los pecados que se le perdonan no son suyos, sino los de otro” (S. Cipriano de Cartago, Cartas 64:5 [A.D. 253]).

Con estos textos históricos vemos que los católicos, de acuerdo a la Tradición recibida de los Apóstoles, llevamos a los niños a recibir el Sacramento del Bautismo, para borrar el pecado original que traen consigo al nacer, y reciban todas las gracias del sacramento.

Conclusión:

Concluimos entonces que la Biblia enseña claramente que todos heredamos el pecado original de Adán (cf. Rom 5,12.19; Sal 51,7, etc.), y, por lo tanto, hay que bautizar a los bebés o niños para borrarles el pecado original y puedan salvarse. Porque el bautismo es necesario para la salvación como afirmó el Señor Jesús (cf. Jn 3,5). Pero además: los hace hijos de Dios, les da el don de la fe, los incorpora a la Iglesia, y les da el Espíritu Santo.

Además, comprobamos que el bautismo de niños es bíblico, porque en el Nuevo Testamento hay muchos ejemplos donde familias enteras (que en aquel tiempo y ahora incluyen niños) recibieron el bautismo (cf. Hch 16,15; Hch 16,33; 1 Cor 1,16; Hch 18,8; Hch 10,48). Pero también, con los textos históricos de los primeros cristianos que hemos visto, comprobamos que el bautismo de los niños es una práctica inmemorial de la Iglesia, la cual recibió de los apóstoles, y estos de Cristo. Quien mandó a bautizar a todos los pueblos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo (cf. Mt 28,19), por supuesto, incluyendo a los niños, porque mediante el Bautismo se recibe el Espíritu Santo prometido (cf. Hch 1,5), porque la promesa es para los padres y para sus hijos (cf. Hch 2,38-39). Por eso es muy importante bautizar a los niños cuando son pequeños, para que ellos puedan contar con la fuerza y dirección del Espíritu Santo en sus vidas.

Jesús no puso límite de edad para ser bautizado, sino más bien dijo: “Dejen que los niños se acerquen a mí y no se lo impidan” (Lc 18,16 BPD). Entonces, ¿cómo van a acercarse los niños a Jesús si nosotros como padres se lo estamos impidiendo, es decir, si no los acercamos al Sacramento del Bautismo? En aquel momento los Apóstoles no permitían que los niños se acercaran a Jesús, hoy nosotros se los impedimos como padres, si no deseamos para ellos esas gracias y salvación que el sacramento del Bautismo les otorga.

Entonces, no debemos dejarnos engañar por la herejía de que los niños no deben ser bautizados, sino hasta que tengan edad de decidir si se quieren bautizar o no, porque les estaríamos privando de las inestimables gracias que hemos listado. Además, como buenos padres, no les preguntamos a nuestros hijos cuando están enfermos si quieren ir al médico para llevarlos, ni tampoco esperamos a que decidan si quieren ir a la escuela para llevarlos. Cuanto más importante es llevarlos a recibir el Sacramento del Bautismo, necesario para su eterna salvación.

Sobre este artículo:
Autor (con la gracia de Dios): Fernando H. Lee
Artículo original publicado en: © fortalezaenlafe.com
No. de edición: 2

Notas:
Citas bíblicas tomadas de la Biblia de Jerusalén 1967, a menos que se indique otra traducción en la misma cita bíblica.


  1. Catecismo Romano 2,2,32 [Comentado y anotado por el R.P. Alfonso Mª Gubianas, O.S.B.]. ↩︎

  2. Cf. Ibíd. ↩︎

  3. Catecismo Romano, 2100 CAPITULO I EL BAUTISMO, VIII. NECESIDAD DEL BAUTISMO [Catecismo Romano, traducido Pedro Martín Hernándo Pbro]. ↩︎

  4. Orígenes, In Luc. hom. 14, 1.5, Enrique Contreras, El Bautismo, Selección de textos patrísticos. ↩︎

  5. Traducción de extracto de artículo publicado en: “Catholic Answers Q&A: Concupiscence and Original Sin, Fr. Charles Grondin”. ↩︎

  6. 400 Respuestas a preguntas que usted puede hacerse sobre la doctrina católica, P. Jorge Loring, p. 394. ↩︎

  7. Catecismo Romano 2,2,32 [Comentado y anotado por el R.P. Alfonso Mª Gubianas, O.S.B.]. ↩︎

  8. Catecismo Romano, 2100 CAPITULO I EL BAUTISMO, VIII. NECESIDAD DEL BAUTISMO [Catecismo Romano, traducido Pedro Martín Hernándo Pbro]. ↩︎

  9. S. Juan Pablo II, Audiencia general del 2 de agosto de 1989. ↩︎

  10. cf. CIC, n. 871. ↩︎

  11. Papa Francisco, Lumen Fidei (29 de junio de 2013), n. 43, [[38] Cf. De nuptiis et concupiscentia, I, 4, 5: PL 44,413: « Habent quippe intentionem generandi regenerandos, ut qui ex eis saeculi filii nascuntur in Dei filios renascantur »]. ↩︎