¿Es María la Madre de Dios (Theotokos)?
María es la Madre de Dios, lo dice la Biblia:
A continuación te presentaremos una lista —siempre limitada— de versículos en donde la Biblia enseña que María es la Madre de Dios.
1. María es Madre de Dios porque es Madre de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad hecha hombre
Leemos en el evangelio de Lucas que María concibió y dio a luz al “Hijo del Altísimo” o “Hijo de Dios” (cf. Lc 1,32.35; 2,6-7), que es Dios mismo (cf. Jn 20,28), porque hay un solo Dios en Tres Personas distintas de la misma naturaleza divina —Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo (cf. Mt 28,19)—, y Dios el Hijo (Jesús) es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad hecha hombre.
“El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. El será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin». María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?» El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios” (Lc 1,30-35).
El hecho de que Jesús, el Hijo de Dios, es Dios mismo de la misma naturaleza de Dios Padre, se hace evidente cuando dice de sí mismo: “Yo y el Padre somos uno” (Jn 10,30). “Son uno” porque son de la misma naturaleza o sustancia divina, y sin embargo, al distinguir “Yo y el Padre”, resulta evidente que el Padre y el Hijo son dos Personas distintas.
“el Verbo de Dios, Hijo Unigénito del Padre, es en todo semejante e igual al Padre; es lo mismo que el Padre, pero no es el Padre, porque Este es el Hijo y Aquél el Padre” (San Agustín, De Trin., 15, 14).
El Hijo de Dios es Dios mismo porque es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad que procede del Padre como Su Palabra divina desde toda la eternidad (“Lo mismo que del pensamiento humano procede la palabra humana, de la mente de Dios-Padre brota la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Por eso al Hijo se le llama Verbo = Palabra” 1).
“como pronunciándose a sí mismo, el Padre engendró al Verbo igual en todo a sí, y no se hubiera pronunciado a sí mismo de una manera completa y perfecta si hubiera algo mayor o menor en su Verbo de lo que hay en El” (San Agustín, De Trin., 15, 14).
>“La doctrina cristiana nos enseña que la segunda Persona de la Santísima Trinidad, o sea la Inteligencia infinita del Padre (el Verbo), en el seno de María Santísima y por obra del Espíritu Santo, asumió en Sí la «naturaleza humana» tomando un cuerpo y un alma como los nuestros. Esta es nuestra certeza: sabemos que Jesús es hombre como nosotros, pero al mismo tiempo es el «Verbo encarnado», es la segunda Persona de la Santísima Trinidad hecha hombre” (S. Juan Pablo II, A los jóvenes presentes en la Basílica de San Pedro (27 de diciembre de 1978)).
Entonces, nunca debemos perder de vista que Aquél que la Santísima Virgen María “concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad” (CIC, n. 495).
Por tanto, si María es la Madre del Hijo de Dios, y si el Hijo de Dios es Dios mismo (porque es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad —un solo Dios en Tres Personas—), entonces María es la Madre de Dios —la Theotokos—.
“La expresión Theotokos, que literalmente significa “la que ha engendrado a Dios”, a primera vista puede resultar sorprendente, pues suscita la pregunta: ¿cómo es posible que una criatura humana engendre a Dios? La respuesta de la fe de la Iglesia es clara: la maternidad divina de María se refiere solo a la generación humana del Hijo de Dios y no a su generación divina. El Hijo de Dios fue engendrado desde siempre por Dios Padre y es consustancial con él. Evidentemente, en esa generación eterna María no intervino para nada. Pero el Hijo de Dios, hace dos mil años, tomó nuestra naturaleza humana y entonces María lo concibió y lo dio a luz. Así pues, al proclamar a María “Madre de Dios”, la Iglesia desea afirmar que ella es la “Madre del Verbo encarnado, que es Dios”. Su maternidad, por tanto, no atañe a toda la Trinidad, sino únicamente a la segunda Persona, al Hijo, que, al encarnarse, tomó de ella la naturaleza humana” (S. Juan Pablo II, Audiencia general del 27 de noviembre de 1996: María, Madre de Dios).
Debemos tener claro entonces que cuando la Iglesia enseña que María es Madre de Dios:
- No significa que María sea la Madre de la Santísima Trinidad (un solo Dios en Tres Personas distintas). Sino que solamente es Madre de Jesús, Segunda Persona de la Santísima Trinidad hecha hombre.
- No significa que María haya creado a la Santísima Trinidad, ni que sea superior a ella, o que sea eterna como ella.
- Eso no es posible porque María es una criatura, sin embargo, “María por ser Madre de Dios trasciende en dignidad a todas las criaturas, hombres y ángeles, ya que la dignidad de la criatura está en su cercanía con Dios. Y María es la más cercana a la Trinidad. Madre del Hijo, Hija del Padre y Esposa del Espíritu” 2.
- No significa que María sea una diosa y que haya que adorarla.
- La adoración (o culto de latría) es reconocer a un ser como Creador y Señor del universo (la Iglesia enseña que la adoración sólo corresponde a Dios Uno y Trino). La veneración (o culto de dulía) es reconocer la excelencia y santidad de los ángeles, mártires o santos, el sentimiento de respeto excelso que merecen aquellos han entrado al Reino de los cielos (a los cuales, la Iglesia no confunde ni equipara con Dios). Entonces, los católicos veneramos —respetamos en sumo grado por su santidad— a la Virgen y a los santos porque nos acercan a Dios y nos canalizan a Él. Sin embargo, María no es una entre los demás santos, porque ella es la Madre de Dios (cf. Lc 1,43), por eso la Iglesia rinde a la Santisima Virgen María una veneración superior al que se le da a los ángeles y santos, conocida como hiperdulía. Por tanto, María no es una diosa que debe ser adorada, ella es una madre que debe ser honrada y amada.
- “De ninguna forma honramos más a Jesús que cuando honramos a Su Madre, y cuando la honramos a ella simple y únicamente para honrarlo a Él, tanto más perfecto el gesto. Recurrimos a ella con el solo propósito de llegar a quien buscamos: Jesús, su Hijo” (San Luis María Grignon de Montfort).
- No significa que María no haya necesitado de Jesucristo para salvarse.
- No significa que María por ser Madre de Dios no sea una sierva de Dios.
Entonces, Jesús, Segunda Persona de la Santísima Trinidad hecho hombre, al ser concebido en el seno de la Virgen María por el poder del Espíritu Santo, “se hizo verdaderamente hombre sin dejar de ser verdaderamente Dios. Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre” (CIC, n. 464). Por lo que “posee dos naturalezas, la divina y la humana, no confundidas, sino unidas en la única Persona del Hijo de Dios” (CIC, n. 481).
Ahora bien, “La maternidad es una relación entre persona y persona: una madre no es madre sólo del cuerpo o de la criatura física que sale de su seno, sino de la persona que engendra. Por ello, María, al haber engendrado según la naturaleza humana a la persona de Jesús, que es persona divina, es Madre de Dios” 3.
Una mujer da a luz a una persona, no da a luz “naturalezas”. Es como cuando nuestras madres nos dan a luz a nosotros: todos tenemos alma y cuerpo, y aunque el alma no nos la dio nuestra madre sino Dios, ella es nuestra madre porque dio a luz a nuestra persona: “Juan, Miguel, Teresa, Marta, etc.”, que somos alma y cuerpo al mismo tiempo. Jesús no es dos personas, es una sola Persona divina con dos naturalezas (humana y divina), y María dio a luz a una Persona divina, y por lo tanto es Madre de Dios.
2. María es Madre de Dios porque es Madre del Emmanuel (“Dios con nosotros”)
En el Antiguo Testamento, el profeta Isaías anuncia que de una Virgen nacería el Emmanuel, el “Dios con nosotros”:
“Por tanto el Señor mismo os dará una señal: He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel” (Is 7,14 Sagrada Biblia Mons. Straubinger).
En el niño Jesús nacido de la Virgen María se cumple la profecía mesiánica de Isaías:
“el ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.» Todo esto sucedió para que se cumpliese lo dicho por el Señor por medio del profeta: Ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que traducido significa: «Dios con nosotros». Despertado José del sueño, hizo como el ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer. Y no la conocía hasta que ella dio a luz un hijo, y le puso por nombre Jesús” (Mt 1,20-25 BJ 1998).
“En la plenitud de los tiempos, el Espíritu Santo realiza en María todas las preparaciones para la venida de Cristo al Pueblo de Dios. Mediante la acción del Espíritu Santo en ella, el Padre da al mundo el Emmanuel, “Dios con nosotros” (Mt 1, 23)” (CIC, n. 744).
¡En efecto, Jesús es el Emmanuel, Dios se hizo carne, y habitó entre nosotros (cf. Jn 1,14)!
“Emmanuel. Esta palabra —que en traducción literal significa “Dios con nosotros”— expresa una presencia particular y personal de Dios en el mundo. Ese “YO SOY” de Cristo manifiesta precisamente esta presencia ya preanunciada por Isaías (cf. Is 7, 14), proclamada siguiendo las huellas del Profeta en el Evangelio de Mateo (cf. Mt 1, 23), y confirmada en el Prólogo de Juan: “El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1, 14). El lenguaje de los Evangelistas es multiforme, pero la verdad que expresan es la misma. En los sinópticos Jesús pronuncia su “yo estoy con vosotros” especialmente en los momentos difíciles, como por ejemplo: Mt 14, 27; Mc 6, 50; Jn 6, 20, con ocasión de la tempestad que se calma, como también en la perspectiva de la misión apostólica de la Iglesia: “Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación del mundo” (Mt 28, 20)” (S. Juan Pablo II, Audiencia general del 2 de septiembre de 1987).
Por otro lado, en la profecía de Isaías se dice que “Su nombre es Dios fuerte”, un nombre exclusivo de Yahveh en el Antiguo Testamento 4:
“Porque una criatura nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Estará el señorío sobre su hombro, y se llamará su nombre «Maravilla de Consejero», «Dios Fuerte», «Siempre Padre», «Príncipe de Paz»” (Is 9,5 BJ).
“Además, Dios, por medio de su ángel, anuncia los títulos de este niño: Salvador, Mesías, Señor [cf. Lc 2,10-11]. Salvador, y por ello, Dios, pues sólo Dios tiene poder para salvar. Mesías, en cuanto que es el Salvador de los judíos. Señor, en cuanto que es el Salvador del mundo pagano para quien “Señor” era el título más aplicado a la divinidad. Finalmente, un coro angélico, ensalza y alaba a Dios por el nacimiento del niño. Esto significa que ese niño es más grande que los mismos ángeles, es Dios [cf. Lc 2,13-14]” 5.
Por tanto, si María es madre del Emmanuel —“Dios con nosotros” (Mt 1, 23; cf. Is 7, 14)—, y si Jesús es el Emmanuel, entonces María es la Madre de Dios. Gracias a ella se hizo hombre el Dios Fuerte que habitó entre nosotros.
3. María es Madre de Dios porque es la Madre del Señor (título divino)
Leemos también en el Evangelio de san Lucas que María desde antes del nacimiento de su Hijo Jesús, es aclamada por su prima Isabel bajo el impulso del Espíritu Santo como “la madre de mi Señor”:
“Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena de Espíritu Santo; y exclamando con gran voz, dijo: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?” (Lc 1,41-43).
Ahora bien, la expresión “Madre del Señor” es equivalente a “Madre de Dios”, ya que “Señor” es equivalente a “Yahveh” —el Nombre propio de Dios revelado a Moisés (cf. Ex 3, 14)—, ya que, por respeto a su santidad el pueblo de Israel no pronunciaba el Nombre de Dios, sino que en la lectura de la Sagrada Escritura lo sustituía por el título divino “Señor” (en hebreo, “Adonai”; en griego, “Kyrios”).
“Señor se convierte desde entonces en el nombre más habitual para designar la divinidad misma del Dios de Israel. El Nuevo Testamento utiliza en este sentido fuerte el título “Señor” para el Padre, pero lo emplea también, y aquí está la novedad, para Jesús reconociéndolo como Dios (cf. 1 Co 2,8)” (CIC, n. 446).
Nota: “Los protestantes suelen negar que María sea la madre de Dios, afirmando que no es algo que venga en la Biblia, y que solamente es la madre de Jesús. Sin embargo, existe un pequeño matiz del cual no se han dado cuenta y es que Jesús en las Escrituras del NT recibe varios nombres: Señor, Salvador, Cristo, Emanuel, Hijo de Dios, Dios. Todos estos nombres se refieren a su naturaleza divina, esto es a su divinidad, si él no fuera Dios no se le llamaría así, por tanto, el nombre nos designa su esencia, su autoridad y su naturaleza” (Jesús Manuel Urones, Fundamentos Bíblicos Del Catolicismo II María, Virgen Y Madre, Cap. IV María es verdadera Madre de Dios).
Vemos entonces que tanto para Isabel, como para los judios contemporáneos del tiempo de Jesucristo, decir “Señor” (Kyrios) equivalía a decir “Yahveh”. Esto es aún más claro cuando Isabel (siempre recordando que estaba llena del Espíritu Santo) vuelve a decir “Señor” evidentemente refiriéndose a Dios:
“¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!” (Lc 1,45).
Más aún, en el mismo capítulo, el mismo ángel Gabriel utiliza el título divino “Señor” (Kyrios) para referirse a Dios en la anunciación a María:
“Y entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo»” (Lc 1,28).
El Espíritu Santo —el Espíritu de verdad— nunca se equivoca, por eso, no debemos pasar por alto que Isabel estaba llena del Espíritu Santo cuando específicamente llamó a María: “la madre de mi Señor” (Lc 1,43) —la madre del Kyrios—, porque como dice san Pablo: “nadie puede decir: «¡Jesús es Señor!» sino con el Espíritu Santo” (1 Cor 12,3).
“El nombre de Señor significa la soberanía divina. Confesar o invocar a Jesús como Señor es creer en su divinidad” (CIC, n. 455). Por lo tanto, confesar que María es Madre del Señor (Kyrios), es confesar que María es Madre de Dios.
4. María es Madre de Dios porque es la Madre del Verbo Encarnado que es Dios
En el prólogo del Evangelio de san Juan, leemos que el Verbo que era Dios antes de los tiempos y por medio de cual todo fue hecho, se hizo hombre (se encarnó de María virgen por obra del Espíritu Santo) y habitó entre nosotros:
“En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. (…) Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho. (…) Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,1.3.14 CEE).
Entonces, Jesús es el Verbo Encarnado, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, que existía en comunión íntima y eterna con el Padre y el Espíritu Santo, “antes que el mundo existiese” (Jn 17,5 CEE), siendo un solo Dios. Por tanto, María es la Madre de Dios porque de ella es engendrado Dios hecho hombre, el Verbo Encarnado.
“En Jesucristo solo hay una persona, la cual sería la Persona del Verbo, pero posee dos naturalezas, la naturaleza divina, que es eterna y procede del Padre, y la humana, creada en el seno de María” 6. Jesús, por tanto, es verdadero Dios y verdadero hombre, y es Uno sólo porque ambas naturalezas están unidas, no confundidas, en la Única persona del Verbo.
“La encarnación es, pues, el misterio de la admirable unión de la naturaleza divina y de la naturaleza humana en la única Persona del Verbo” (CIC, n. 483).
“María engendra a la persona del Verbo, por eso es Madre de Dios. No es madre de un hombre que se haya unido a Dios porque eso es una herejía que se llama adopcionismo. ¿Por qué afirmamos esto? porque está en las fuentes de la revelación: en la Sagrada Escritura, y en la Tradición” (Los Dogmas Marianos - Clase I - La Maternidad divina - Pbro. Gabriel H. Delgado. Min. 43:40).
“Cristo no hereda de María su naturaleza divina, esto significa que María no es divina, no es diosa. La naturaleza divina de Cristo le vino del Padre y por eso decimos en el Credo: “de la misma naturaleza del Padre” y “engendrado no creado”. Con estas expresiones indicamos que Cristo es engendrado por el Padre y posee su misma naturaleza divina, y por ello es Dios. Pero ese Dios, decide hacerse carne (Juan 1,14) y para ello quiere seguir el curso natural establecido por Dios: nacer de mujer (Gálatas 4,4). Cristo podía haberse aparecido con 30 años en el Jordán para ser bautizado, recordemos para Dios todo es posible (Mateo 19,26) pero quiso seguir el curso normal y nacer de mujer. Por todo ello, entendemos los católicos que María es la “Theotokos”, término griego que significa “parturienta de Dios” o la que “parió a Dios”, dicho con otras palabras, La Madre de Dios” (Jesús Manuel Urones, Fundamentos Bíblicos Del Catolicismo II María, Virgen Y Madre, Cap. IV María es verdadera Madre de Dios).
Ahora bien, “la relación de maternidad se dice no de una naturaleza, sino de una persona. María es madre en virtud de la concepción de ella, de la naturaleza humana de Jesucristo, “en virtud de”, pero no es madre de la naturaleza humana (nadie es madre de una naturaleza, o padre de una naturaleza, se es madre o padre de una persona). Por tanto, si María es Madre de Jesucristo que es el Verbo encarnado, y el Verbo encarnado personalmente es Dios, María es madre de Dios” 7.
5. María es Madre de Dios, lo dice San Pablo
También San Pablo afirma la maternidad divina de María en su carta a los Gálatas:
“Pero, al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley” (Ga 4,4).
“envió Dios a su Hijo, nacido de mujer” (Ga 4,4): “una expresión que para san Pablo habrá sido como lo más obvio en su fe, tan sintética, pero que contiene todo el misterio de la Encarnación y de la maternidad divina de María. Este Hijo que envió Dios, es el Hijo preexistente, es el Verbo, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, pero que fue enviado al mundo hecho, formado [nacido] de mujer. Es decir, la persona del Verbo nació de la Virgen, claramente dicho por san Pablo” 8. Por tanto, con este texto san Pablo afirma que María es Madre de Dios.
Hay que notar que san Pablo utiliza la palabra “mujer” —en Ga 4,4—, así como aparece en el protoevangelio —en el libro del Génesis—, donde vemos que Dios tenía a María como parte de su plan de salvación:
“Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje” (Gn 3,15).
No es casualidad entonces que en los evangelios, el mismo Jesús se refiera a su Madre como “mujer” (cf. Jn 2,4), no como una falta de respeto o desprecio —como argumentan algunos para su propia perdición—, sino honrando la dignidad que tiene desde siempre, en el proyecto y en el amor de Dios, exaltando su papel en el plan de salvación como la nueva Eva obediente a Dios, en contraposición a la desobediente Eva. Y al llamarla “mujer” desde la cruz (cf. Jn 19,26), Jesús revela el gran misterio de la maternidad de María y su papel dinámico en la historia de la salvación de la humanidad, y también confirma la maternidad espiritual de María para todos los creyentes, al encargarla como Madre al discípulo amado, porque en el discípulo estamos todos representados: “Luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre»” (Jn 19,27).
“Nos alegramos en ese gran don que Dios nos ha hecho que ha sido el de compartir su madre. Uno de los signos de la gran misericordia que Dios ha tenido con nosotros ha sido compartir la Madre” (Mons. Munilla, Sexto Continente 08/09/15, min. 4:39).
“Nuestro camino de fe está unido de manera indisoluble a María desde el momento en que Jesús, muriendo en la cruz, nos la ha dado como Madre diciendo: «He ahí a tu madre» (Jn 19,27). Estas palabras tienen un valor de testamento y dan al mundo una Madre. Desde ese momento, la Madre de Dios se ha convertido también en nuestra Madre” (Homilía del Santo Padre Francisco, 1 de enero de 2014: Solemnidad de Santa María, Madre de Dios).
Por otro lado, encontramos también otro texto de san Pablo sobre la maternidad divina de María en la carta a los Romanos, en donde hablando de los israelitas cuyos padres son los patriarcas dice:
“y los patriarcas; de los cuales también procede Cristo según la carne, el cual está por encima de todas las cosas, Dios bendito por los siglos. Amén” (Rm 9,5).
En el versículo anterior vemos “otra vez la misma afirmación que Gálatas 4,4, la afirmación de la divinidad de Cristo, pero que desciende según la carne de los israelitas, ¿en concreto, de quién? de la Virgen, otra vez, María Madre de Dios” 9.
6. María es Madre de Dios porque el Espíritu Santo la constituyó Madre del Hijo de Dios, que es Dios mismo
En la anunciación la Virgen María pregunta al ángel Gabriel cómo va a tener a Jesús, el Hijo eterno de Dios (ella no duda, solo pregunta, porque para ella es inimaginable):
“«¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?» El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios” (Lc 1,34-35).
“En la Escritura “ser llamado”, equivale a “ser”, porque el nombre designa lo que la realidad es, no es una etiqueta, sino que designa la realidad; “será llamado Hijo de Dios” (v. 35), porque es Hijo de Dios” 10.
¿Y por qué el que nació de María Virgen es en realidad el Hijo de Dios? porque sobre ella vino la sombra del Espíritu Santo y la constituyó en Madre de Dios.
“Esa imagen de sombra del Espíritu Santo responde a dos textos del Antiguo Testamento” 11:
- “El capítulo 1 del Génesis versículo 2: “la tierra era confusión y caos, y tinieblas cubrían la faz del abismo, pero el Espíritu de Dios se movía sobre las aguas”. La fuerza fecundante del Espíritu en la creación, es la misma que está actuando sobre la Santísima Virgen” 12.
- “Otro texto (…) es el capítulo 40 de Éxodo versículo 34, la erección del Tabernáculo hecha por Moisés: “Entonces la nube cubrió el tabernáculo de la reunión, y la gloria de Yahveh llenó la morada”. La gloria de Yahveh, es Yahveh mismo, es Dios, que cubrió, que inundó la morada, porque la nube la cubrió. La nube del Espíritu Santo, al caer sobre la Santísima Virgen, la hace el nuevo tabernáculo. Dios habita en ella, tal como habitó la morada del Tabernáculo en el Antiguo Testamento, y más todavía, porque esa gloria, que se ejemplificaba en modo de nube, ahora tiene una realidad distinta a la de la nube, que es la humanidad de Cristo, por eso está en su seno” 13.
“La nube y la luz. Estos dos símbolos son inseparables en las manifestaciones del Espíritu Santo. Desde las teofanías del Antiguo Testamento, la Nube, unas veces oscura, otras luminosa, revela al Dios vivo y salvador, tendiendo así un velo sobre la transcendencia de su Gloria: con Moisés en la montaña del Sinaí (cf. Ex 24, 15-18), en la Tienda de Reunión (cf. Ex 33, 9-10) y durante la marcha por el desierto (cf. Ex 40, 36-38; 1 Co 10, 1-2); con Salomón en la dedicación del Templo (cf. 1 R 8, 10-12). Pues bien, estas figuras son cumplidas por Cristo en el Espíritu Santo. Él es quien desciende sobre la Virgen María y la cubre “con su sombra” para que ella conciba y dé a luz a Jesús (Lc 1, 35)” (CIC, n. 697).
Entonces, “nadie puede referirse al origen de Jesús, sin reconocer el papel de la mujer que lo engendró en el Espíritu según la naturaleza humana” 14. Por lo tanto, María es Madre de Dios porque el Espíritu Santo descendió sobre ella y la cubrió “con su sombra” para que concibiera al Hijo de Dios, que es Dios mismo.
7. María es Madre de Dios porque gracias a su sí —a su fiat (“hágase”)— el Verbo, que es Dios mismo, se hizo carne
“María (…) es la «hija predilecta del Padre» (Tertio millennio adveniente, 54), que acogió libremente y respondió con disponibilidad al don de Dios” 15: “Maravilloso es el «sí» de la Madre del Señor” 16:
“Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Y el ángel dejándola se fue” (Lc 1,38).
“Nueva dicotomía: fiat del Génesis / fiat de la anunciación. «Cuando Dios dijo ¡hágase!, se hizo todo lo que existe; al decir la Virgen ¡hágase!, quedó hecho hombre aquel por quien fue creado todo». El fiat significa: «Hágase, pues, carne el Verbo, hágase Hombre-Dios, el eterno hágase temporal, el impasible pasible. Hágase lo que nunca antes se hizo y la obra superior a todo cuanto ha sido hecho»” 17.
María, “Siendo «hija» del Padre, mereció convertirse en la Madre de su Hijo: «Hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38). Es Madre de Dios, porque es perfectamente hija del Padre” 18. Gracias a su obediencia a la voluntad del Padre, “el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14 CEE).
“El Verbo se hizo carne en aquel momento mismo en que María pronunció su humilde palabra: Hágase en mí… Hágase, palabra humilde, pero inmensa y potente, que sólo se puede comparar con la palabra de la Creación. ¡Hágase la luz!, dijo Dios, y la luz fue hecha. Hágase la tierra, hágase el cielo, hágase la vida… Y todo empezó a existir. Y nosotros empezamos a ser hombres. Ahora dice María: Hágase en mí según tu palabra, y se hace Hombre el Hijo de Dios y nosotros recibimos la potestad de ser hechos hijos de Dios. Al pronunciar María su aceptación, el cielo se estremece. Mas la Virgen Madre nada oye. Su cabeza descansa sobre su pecho, y su alma se halla sumergida en un silencio semejante a la paz de Dios. El Verbo se ha hecho carne, habita entre nosotros, es hijo de María. Ella no le ve, no le palpa; pero cree. Pronto será alabada y proclamada bendita precisamente por eso: «porque has creído.»” (El drama de Jesús, José Julio Martínez S.J.).
“Eva (…) habiendo desobedecido, se hizo causa de muerte para sí y para toda la humanidad; (…) María (…) habiendo obedecido se hizo causa de salvación para sí misma y para toda la humanidad (Heb 5,9)” (San Ireneo de Lyon, Contra los herejes, III, 2, 3.10.4).
Recordamos aquí “lo que dice Santa Catalina de la misma Virgen: “cuando Dios le envió el ángel a María, no realizó la Encarnación, mientras ella no dijo: ‘Sí’”” 19. Por tanto, “La maternidad de María entonces supuso su libre consentimiento, porque es ella personalmente, con el fiat que le dice al ángel que colabora activamente en la obra de la salvación. Porque gracias a ese fiat ella aporta la humanidad de Jesucristo. Con ese fiat, con ese “sí hágase en mí según tu palabra”, María es Madre de Dios y asociada a la obra de la redención” 20.
Nota: “Como Dios quiso necesitar de María, también quiere contar con nosotros. Dios quiere que de nuestra boca y de nuestro corazón brote también un «SÍ» generoso. Del «FIAT» de María dependía la salvación de todos los hombres. Del nuestro, ciertamente no. Pero es verdad que la felicidad, la dignidad, el futuro, la esperanza de muchos hombres está íntimamente ligada a nuestra generosidad” 21.
8. María es Madre de Dios porque es educadora del Hijo de Dios
María es la Madre de Dios (Theotokos), “no sólo porque engendró y dio a luz al Hijo de Dios, sino también porque lo acompañó en su crecimiento humano” 22. “(María y José) «por su fiel matrimonio merecieron ser llamados padres de Cristo, y no sólo ella mereció ser llamada madre, sino él también padre, como cónyuge de su madre; uno y otro por el afecto, no por la carne; es decir: él es padre solamente por el afecto, ella lo es también por la carne; los dos, sin embargo, son padres» (San Agustín)” 23.
“El niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él. Sus padres iban todos los años a Jerusalén a la fiesta de la Pascua. Cuando cumplió los doce años, subieron como de costumbre a la fiesta. Al volverse ellos pasados los días, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin saberlo sus padres” (Lc 2,40-43 BJ 1998).
(María y José) “eran padres en el tiempo; Dios lo era desde la eternidad. Ellos eran padres del Hijo del hombre, el Padre lo era de su Palabra y Sabiduría, era Padre de su Poder” (San Agustín, Sermón 51, augustinus.it).
Ahora bien, “Se podría pensar que Jesús, al poseer en sí mismo la plenitud de la divinidad, no tenía necesidad de educadores. Pero el misterio de la Encarnación nos revela que el Hijo de Dios vino al mundo en una condición humana totalmente semejante a la nuestra, excepto en el pecado (cf. Hb 4, 15). Como acontece con todo ser humano, el crecimiento de Jesús, desde su infancia hasta su edad adulta (cf. Lc 2, 40), requirió la acción educativa de sus padres. El evangelio de san Lucas, particularmente atento al período de la infancia, narra que Jesús en Nazaret se hallaba sujeto a José y a María (cf. Lc 2, 51)” 24:
“Bajó con ellos y vino a Nazaret, y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón. Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres” (Lc 2,51-52).
“Esa dependencia nos demuestra que Jesús tenía la disposición de recibir y estaba abierto a la obra educativa de su madre y de José, que cumplían su misión también en virtud de la docilidad que él manifestaba siempre. Los dones especiales, con los que Dios había colmado a María, la hacían especialmente apta para desempeñar la misión de madre y educadora. En las circunstancias concretas de cada día, Jesús podía encontrar en ella un modelo para seguir e imitar, y un ejemplo de amor perfecto a Dios y a los hermanos. Además de la presencia materna de María, Jesús podía contar con la figura paterna de José, hombre justo (cf. Mt 1, 19), que garantizaba el necesario equilibrio de la acción educadora” 25.
“Miremos a José como el modelo del educador, que custodia y acompaña a Jesús en su camino de crecimiento «en sabiduría, edad y gracia», como dice el Evangelio. Él no era el padre de Jesús: el padre de Jesús era Dios, pero él hacía de papá de Jesús, hacía de padre de Jesús para ayudarle a crecer. ¿Cómo le ayudó a crecer? En sabiduría, edad y gracia. (…) José, junto con María, se ocupó de Jesús ante todo desde este punto de vista, es decir, lo «crio», preocupándose de que no le faltase lo necesario para un desarrollo sano. (…) José enseñó a Jesús incluso su trabajo, y Jesús aprendió a ser carpintero con su padre (…) José fue para Jesús ejemplo y maestro de esta sabiduría, que se alimenta de la Palabra de Dios” (Papa Francisco, Audiencia general del 19 de marzo de 2014).
“La misión educativa de María, dirigida a un hijo tan singular, presenta algunas características particulares con respecto al papel que desempeñan las demás madres. Ella garantizó solamente las condiciones favorables para que se pudieran realizar los dinamismos y los valores esenciales del crecimiento, ya presentes en el hijo. Por ejemplo, el hecho de que en Jesús no hubiera pecado exigía de María una orientación siempre positiva, excluyendo intervenciones encaminadas a corregir. Además, aunque fue su madre quien introdujo a Jesús en la cultura y en las tradiciones del pueblo de Israel, será él quien revele, desde el episodio de su pérdida y encuentro en el templo, su plena conciencia de ser el Hijo de Dios, enviado a irradiar la verdad en el mundo, siguiendo exclusivamente la voluntad del Padre. De “maestra” de su Hijo, María se convirtió así en humilde discípula del divino Maestro, engendrado por ella” (S. Juan Pablo II, Audiencia general del 4 de diciembre de 1996: María, educadora del Hijo de Dios).
Nota: “El evangelio dice de ella que «conservaba (…) en su corazón» (Lc 2, 51) las palabras de su Hijo divino. La santísima Virgen es verdaderamente el modelo de los discípulos de Cristo” 26.
María “Se santificó como una esposa fiel y devota cumpliendo con todas las obligaciones de su estado de vida. Se santificó como una madre amorosa que se dedicó enteramente al Hijo que Dios le había encomendado, acariciándolo en sus brazos, criándolo y educándolo, y también ayudándolo y siguiendo sus pasos en el desarrollo de Su misión. Con Él cruzó el estrecho sendero de la vida, el áspero camino al Calvario; con Él, agonizó ella también, recibiendo en su corazón las heridas de los clavos, la lanza que le atravesó el corazón y los insultos de la muchedumbre hostil” 27.
Entonces, “la maternidad de María no se limitó exclusivamente al proceso biológico de la generación, sino que, al igual que sucede en el caso de cualquier otra madre, también contribuyó de forma esencial al crecimiento y desarrollo de su hijo. No sólo es madre la mujer que da a luz un niño, sino también la que lo cría y lo educa; más aún, podemos muy bien decir que la misión de educar es según el plan divino, una prolongación natural de la procreación” 28.
Por tanto, María es la Madre de Dios no solo porque engendró y dio a luz al Hijo de Dios (que es Dios mismo), sino también porque lo educó y lo crió junto a su esposo san José.
Los primeros cristianos creían que María es la Madre de Dios
Los cristianos de los primeros siglos creían que María es la Madre de Dios, como demuestran los siguientes textos históricos, que hemos seleccionado como ejemplo:
1. San Ignacio de Antioquía (c.35 - c.107 d.C.).
San Ignacio de Antioquía —discípulo directo de San Pablo y San Juan, y segundo sucesor de Pedro en el gobierno de la Iglesia de Antioquía—, en el año 107, ya afirmaba a los cristianos de Éfeso que Jesucristo, que es Dios, fue llevado en el seno de María, y nació de ella. Por lo que con este texto comprobamos que la Iglesia ha creído y enseñado desde sus orígenes (desde los Apóstoles a sus sucesores), que María es Madre de Dios:
“Porque nuestro Dios, Jesucristo, ha sido llevado en el seno de María, según la economía divina, nacido “del linaje de David” (Jn 7,42; Rom 1,3; 2Tim 2,8) y del Espíritu Santo. Él nació y fue bautizado para purificar el agua por su pasión” (San Ignacio de Antioquía, Carta a los Efesios 18,2).
2. San Justino Mártir (c.100 - c. 165 d.C.).
San Justino Mártir —reconocido apologista del siglo II—, en su obra Diálogo con Trifón, afirma que Jesús es Dios:
“Si hubieses entendido lo escrito por los profetas, no habrías negado que Él [Jesús] era Dios, Hijo del único, inengendrado, insuperable Dios” (San Justino Mártir, Diálogo con Trifón).
De modo que cuando en la misma obra dice que: “por medio de ella [María] Él [Jesús] nació”, está afirmando que María es Madre de Dios.
“Mientras que Eva, aún virgen y pura, por medio de concebir la palabra venida de la serpiente hizo nacer la desobediencia y la muerte; la Virgen María, recibiendo con fe y gozo, el momento en que el Ángel le anunció la buena noticia de que el Espíritu del Señor vendría sobre ella y el poder del Altísimo la cubriría con su sombra y así el Santo nacería de ella y sería Hijo de Dios, respondió, se haga en mi acorde a su palabra. Y por medio de ella, Él nació, concerniente a quien nosotros hemos mostrado muchas Escrituras han hablado, a través de quien Dios destruye a la serpiente y a aquellos ángeles y hombres que se han asemejado a ella; y por otro lado, obra la liberación de la muerte para quienes se arrepienten de sus malas acciones y creen en Él” (San Justino Mártir, Diálogo con Tryfón).
3. San Ireneo de Lyon (140 - 205 d. C.).
La Santísima Virgen María se convirtió en la portadora de Dios en Jesús, el Hijo Eterno del Padre, porque escuchó y obedeció a la Palabra de Dios (cf. Lc 1,38). En este sentido, san Ireneo de Lyon —doctor y Padre de la Iglesia, discípulo de San Policarpo, a su vez discípulo de San Juan— escribe que María, la Nueva Eva, fue evangelizada por el ángel Gabriel para que “llevase a Dios en ella, obedeciendo a su palabra”; por lo que al decir que María (la segunda Eva) llevó a Dios en ella (en su seno), san Ireneo en el siglo II está claramente afirmando que María es la Madre de Dios:
“Habiendo venido el Señor a su propia morada, y siendo llevado en una naturaleza que se convirtió en la suya propia, la cual, no obstante era llevada por Él; proponiéndose reparar la desobediencia cometida al pie de un árbol por la obediencia que practicó en otro árbol, y librarnos de la seducción maléfica de que fue víctima Eva, siendo aún virgen, pero destinada ya a su esposo, hizo que María, Virgen, puesta bajo la protección de un esposo, recibiera la buena nueva, para nuestro bien, por ministerio de un ángel y según la verdad. La primera Eva fue seducida por las palabras de un ángel, y para escapar al dominio de Dios, desobedeció a sus órdenes; la segunda Eva fue evangelizada por la voz de un ángel para que llevase a Dios en ella, obedeciendo a su palabra. Mientras la primera fue seducida hasta el punto de procurar sustraerse al dominio de Dios, la segunda fue invitada a obedecer a Dios; así la Virgen María se convirtió en abogada de Eva aún virgen. Y así como el género humano fue condenado a muerte a causa de una virgen, fue librado de ella por una virgen. Pesando bien esas cosas, se ve que la desobediencia virginal fue reparada por la obediencia virginal” (San Ireneo de Lyon, Contra los herejes, libro 5, cap. 19).
4. “Sub Tuum Praesidium” (“Bajo tu amparo”): La plegaria más antigua a la Virgen (250 d.C.).
“Sub Tuum Praesidium” (“Bajo tu amparo”), es la oración más antigua dedicada a la Virgen que data del año 250 d.C. (tiempo en que los primeros cristianos estaban aún siendo perseguidos por el Imperio Romano). La antigüedad de esta oración fue confirmada por expertos en un fragmento de papiro encontrado en Egipto (conocido como el Papiro Rylands 470) escrito en griego koiné.
La muy conocida versión en español de la plegaria dice lo siguiente:
“Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios; no deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades; antes bien, líbranos siempre de todo peligro, ¡Oh Virgen gloriosa y bendita!”.
Este descubrimiento es revolucionario por varias razones:
- En la versión en griego clásico —que es la que se encontró en el papiro— se utiliza el título “Theotokos”, para referirse a María, que significa “Madre de Dios”, por lo que demuestra que la maternidad divina de María está presente en el pensamiento cristiano ya desde los primeros siglos.
- El papiro utiliza el título “Theotokos” (Madre de Dios), casi 200 años antes de que en el concilio de Éfeso (en el año 431 d.C.), se definiera el dogma de la maternidad divina, donde se atribuyó “oficialmente a María el título de Theotókos, con referencia a la única persona de Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre” 29.
- El papiro además demuestra que los primeros indicios de devoción a María datan a mediados del siglo III d.C., y no a finales del siglo IV d.C. Por lo que es evidente que la devoción a María como intercesora y protectora no es un invento medieval, sino una práctica arraigada en los primeros cristianos.
Nota: Esta oración no solo es una joya histórica que nos ha transmitido la Tradición de la Iglesia, sino también es una poderosa oración que sigue siendo recitada hasta hoy en día en la Iglesia que Jesucristo fundó —la Iglesia Católica—, especialmente en tiempos difíciles.
Por tanto, el descubrimiento del papiro encontrado en Egipto (conocido como el Papiro Rylands 470) demuestra cómo desde los primeros siglos, los primeros cristianos buscaban la protección, la intercesión y guía de la Santísima Virgen María, pero sobre todo demuestra que la reconocían como la Madre de Dios (Theotokos).
5. San Atanasio de Alejandría (c. 296 - 373 d.C.).
San Atanasio de Alejandría —gran defensor del Concilio de Nicea y su enseñanza sobre la divinidad de Jesucristo—, fue uno de los primeros cristianos en referirse a María como la Madre de Dios, la Theotokos:
“Cristo, siendo Dios, se hizo hombre por nosotros y nació de María, la Madre de Dios, para liberarnos del poder del diablo” (San Atanasio de Alejandría, Sobre la virginidad 3).
“Fue por nosotros que Cristo se hizo hombre, tomando carne de la Virgen María, Madre de Dios” (San Atanasio de Alejandría, Contra los arrianos 3.29).
El dogma de la maternidad divina
El Concilio de Éfeso en el año 431 d.C. proclamó la maternidad divina de María, aclamándola Theotókos, porque de ella nació el Hijo de Dios que es Dios mismo. Siendo Papa San Clementino I (422-432 d.C.) definió:
“Si alguno no confesare que el Emmanuel (Cristo) es verdaderamente Dios, y que por tanto, la Santísima Virgen es Madre de Dios, porque parió según la carne al Verbo de Dios hecho carne, sea anatema”.
La Iglesia confiesa que la Santísima Virgen María es verdaderamente Madre de Dios (Theotokos) (cf. CIC, n. 495). “A partir de ese momento la divina maternidad constituyó un título único de señorío y gloria para la Madre de Dios encarnado. La Theotokos es considerada, representada e invocada como la reina y señora por ser Madre del Rey y del Señor” 30.
La Iglesia no inventó el dogma de la maternidad divina, sino más bien, proclamó la verdad de que María es Theotokos, Madre de Dios para todos los tiempos, porque, como hemos visto, esta verdad está fundamentada sólidamente en la Biblia, y es una doctrina que se encuentra presente en la Iglesia primitiva desde sus orígenes —antes de la definición del dogma (431 d.C.)—. En efecto, los primeros cristianos creían en la maternidad divina de la Virgen María y acudían a su intercesión. Testimonio de ello es la oración más antigua a la Virgen que conocemos (250 d.C.) “Sub Tuum Praesidium” (“Bajo tu amparo”), entre otros ejemplos.
“Desde los tiempos más antiguos, la Bienaventurada Virgen es honrada con el título de Madre de Dios, a cuyo amparo los fieles acuden con sus súplicas en todos sus peligros y necesidades” (Constitución Dogmática Lumen Gentium, n. 66).
Los dogmas son expresiones precisas de la verdad revelada por Dios, y nacen cuando una verdad esencial de la fe es puesta en riesgo por la aparición de nuevos errores. Por lo que obliga a la Iglesia a definir y declarar de manera más precisa, lo que siempre ha sido verdad. De esta manera, en el concilio de Éfeso, la Iglesia definió a María como Theotokos, Madre de Dios, para refutar los errores de Nestorio:
“a comienzos del siglo V. Sostenía Nestorio que María puede ser llamada solamente Madre de Cristo y no Madre de Dios (Engendradora de Dios). Esta posición formaba parte de la actitud de Nestorio con relación al problema de la unidad de Cristo. Según Nestorio, la divinidad y la humanidad no se habían unido, como en un solo sujeto personal, en el ser terreno que había comenzado a existir en el seno de la Virgen María desde el momento de la Anunciación. (…) Nestorio hablaba de una presencia especial de Dios en la humanidad de Cristo, como en un ser santo, como en un templo, de manera que subsistía en Cristo una dualidad no sólo de naturaleza, sino también de persona, la divina y la humana; y la Virgen María, siendo Madre de Cristo-Hombre, no podía ser considerada ni llamada Madre de Dios. El Concilio de Éfeso (año 431) confirmó, contra las ideas nestorianas, la unidad de Cristo como resultaba de la Revelación y había sido creída y afirmada por la tradición cristiana —“sancti patres”— (cf. DS 250-266), y definió que Cristo es el mismo Verbo eterno, Dios de Dios, que como Hijo es “engendrado” desde siempre por el Padre, y, según la carne, nació, en el tiempo, de la Virgen María. Por consiguiente, siendo Cristo un solo ser, María tiene derecho pleno de gozar del título de Madre de Dios, cómo se afirmaba ya desde hacía tiempo en la oración cristiana y en el pensamiento de los “padres” (cf. DS, 251)” (16 de marzo de 1988).
Vemos entonces que la Iglesia salvaguarda la eternidad de Dios en la doctrina católica. El título “Madre de Dios” no atenta contra la eternidad de Dios porque el Concilio de Éfeso claramente definió que el “Hijo es “engendrado” desde siempre por el Padre, y, según la carne, nació, en el tiempo, de la Virgen María”.
“La herejía nestoriana veía en Cristo una persona humana junto a la persona divina del Hijo de Dios. Frente a ella S. Cirilo de Alejandría y el tercer concilio ecuménico reunido en Efeso, en el año 431, confesaron que “el Verbo, al unirse en su persona a una carne animada por un alma racional, se hizo hombre” (DS 250). La humanidad de Cristo no tiene más sujeto que la persona divina del Hijo de Dios que la ha asumido y hecho suya desde su concepción. Por eso el concilio de Efeso proclamó en el año 431 que María llegó a ser con toda verdad Madre de Dios mediante la concepción humana del Hijo de Dios en su seno: “Madre de Dios, no porque el Verbo de Dios haya tomado de ella su naturaleza divina, sino porque es de ella, de quien tiene el cuerpo sagrado dotado de un alma racional, unido a la persona del Verbo, de quien se dice que el Verbo nació según la carne” (DS 251)” (CIC, n. 466).
“la iglesia tuvo que establecer el concepto de persona y afirmar claramente que en Cristo solo hay una persona, la cual sería la divina, pero posee dos naturalezas: la divina, que es eterna y procede del Padre y la humana, creada en el seno de María en la plenitud de los tiempos (Gálatas 4,4). Estas dos naturalezas son indivisibles y conforman la persona divina de Cristo. María es madre de la persona no de la naturaleza solamente” (Jesús Manuel Urones, Fundamentos Bíblicos Del Catolicismo II María, Virgen Y Madre, Cap. IV María es verdadera Madre de Dios).
Por tanto, cuando la Iglesia defiende la maternidad divina de María, está defendiendo la verdad de que Jesucristo es la Persona divina del Verbo-Hijo, el cual, asumiendo la naturaleza humana de su Madre María, entró en el mundo de las personas humanas.
Sobre los que niegan que María es la Madre de Dios
La gran mayoría de las sectas niegan que María es Madre de Dios, y únicamente la reconocen como Madre de Jesús el hombre. Sin embargo, muchas de estas sectas surgidas del protestantismo ignoran que la mayoría de las Iglesias del protestantismo histórico (luterana, anglicana, etc.) sí reconocen a la Virgen María como la Madre de Dios. Testimonio de ello es lo que Martín Lutero escribió en su comentario al Magnificat de 1522, en donde vemos que el considerado padre del protestantismo no tenía problema con llamar a María “Madre de Dios”:
“Las grandes cosas que Dios ha realizado en María se reducen a ser la Madre de Dios. Con esto le han sido concedidos muchísimos otros bienes, que nadie podrá nunca comprender. De ahí se deriva todo su honor, toda su bienaventuranza y que ella sea en medio de toda la raza humana una persona del todo singular e incomparable. Ella ha tenido con el Padre celeste un niño, y un niño tal…Se comprende todo su honor, cuando se la llama Madre de Dios. Nadie puede decir otra cosa mayor de ella, aunque uno tuviera tantas lenguas como follaje tiene la hierba, como estrellas el cielo o arena las playas. Hay que meditar en el corazón lo que significa ser Madre de Dios” (Martín Lutero, Auslegung des Magnificat, 1522: LW 7,572).
A pesar de lo anterior, muchas sectas surgidas a partir del protestantismo, se obstinan en el mismo error de la herejía Nestoriana, ya debatida y superada en el concilio de Éfeso (431 d.C.).
Pero, “Negar que María es Madre de Dios conlleva negar una de estas dos cosas:
a) Que Jesús es Dios. O al menos niegan que ese niño que nació haya nacido siendo Dios, sino que se hizo Dios después.
b) Niegan la Encarnación, pues para ellos Dios no se hizo carne en el seno de María, ya que para hacerse carne tuvo que tener una madre y por tanto niegan el nacimiento virginal de Cristo.
Ninguna de ambas ideas es bíblica: Sabemos que Jesús fue adorado por los ángeles (Hebreos 1,5-6) y por los reyes (Mateo 2,2). También sabemos que el ángel anunció a María que daría a luz al Hijo de Dios (Lucas 1,35), que El Hijo de Dios nació de mujer (Gálatas 4,4) y que nació de una virgen (Isaías 7,14). Si él bebe que nació de María no fue Dios, entonces el profeta Isaías y el ángel mintieron” 31.
Vemos entonces que negar que María es Madre de Dios es negar la Encarnación. Porque en María, Dios mismo se hizo hombre gracias a su “sí”, a su fiat (“hágase”) a la voluntad divina. Por tanto, negar la maternidad divina, es querer desmontar el plan de Dios desde su origen, porque como dijo santa Teresa de Calcuta: “sin María, no hay Jesús”, y sin Jesús no hay salvación.
Las sectas cegadas por el orgullo y la codicia son incapaces de reconocer que Dios quiso necesitar de María para traer al Salvador al mundo. Por eso, en caso de que te encuentres en uno de estos grupos, pero seas un fiel buscador de la verdad, queremos invitarte a que ores a Dios acerca de María (la mayoría de los creyentes aceptan que es seguro orar a Dios acerca de lo que fuera). Intentalo todos los días durante algunas semanas. Estamos seguros de que Jesús te conducirá a la verdad acerca de María su Madre.
Conclusión:
La Virgen María es “la Madre de Jesús” (Jn 2,1; 19,25; cf. Mt 13,55, etc.), y
La Biblia dice que Jesús es verdaderamente Dios (cf. 1 Jn 5,20; Jn 20,28; 2 Pe 1,1; Ti 2,13, etc.), por lo tanto, “María es verdaderamente “Madre de Dios” porque es la madre del Hijo eterno de Dios hecho hombre, que es Dios mismo” (CIC n. 509).
También vimos que en Jesús solo hay una Persona, la cual sería la Persona del Verbo, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, pero posee dos naturalezas: la naturaleza divina, que es eterna y procede del Padre, y la humana, creada en el seno de María. “La Virgen no es Madre de la Trinidad, sino sólo de la segunda Persona, que al encarnarse de Ella tomó la naturaleza humana” 32. Pero como “una madre no es madre sólo del cuerpo o de la criatura física que sale de su seno, sino de la persona que engendra. Por ello, María, al haber engendrado según la naturaleza humana a la persona de Jesús, que es persona divina, es Madre de Dios” 33.
Pero María es Madre de Dios no sólo porque engendró al Hijo de Dios que es Dios mismo, sino también porque junto a su esposo san José, como verdaderos padres de Cristo, lo acompañaron en su crecimiento humano, criándolo, educándolo, y también ayudándolo en su misión (hasta el calvario en el caso de María).
En este artículo hemos comprobado que la maternidad divina de María se atestigua en la Biblia (cf. Lc 1,43; Mt 1,23; Is 7,14; Jn 1,1.3.14; Lc 1,34-35; Ga 4,4; Rm 9,5), pero además comprobamos que la Iglesia ha creído y enseñado desde siempre, desde los apóstoles y sus sucesores inmediatos, que María es Madre de Dios (ej.: “nuestro Dios, Jesucristo, ha sido llevado en el seno de María” (San Ignacio de Antioquía, Carta a los Efesios 18,2)). Por lo que el dogma de la maternidad divina, ya era creído antes de ser proclamado dogmáticamente en el Concilio de Éfeso (431), por los primeros cristianos y padres de la Iglesia en los siglos anteriores al Concilio, como: san Ignacio (107), san Justino Mártir (165), san Ireneo de Lyon (205), San Atanasio de Alejandría (373), entre otros.
Te damos gracias Santísima Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra, porque gracias a tu Sí, se hizo hombre Aquel por quien fue creado todo: el Dios con nosotros (Emmanuel). Gracias a tu Sí, se abrieron para la humanidad las puertas de la vida eterna. Gracias a tu Sí, somos hijos de Dios e hijos tuyos.
En pocas palabras: ¡Gracias María porque gracias a tu Sí, nació Jesús!
Sobre este artículo:
Autor (con la gracia de Dios): Fernando H. Lee
Artículo original publicado en: © fortalezaenlafe.com
No. de edición: 1
Notas:
Citas bíblicas tomadas de la Biblia de Jerusalén 1967, a menos que se indique otra traducción en la misma cita bíblica.
-
P. Jorge Loring, Compendio para Salvarte, Trinidad, n. 22,1. ↩︎
-
Fuente: corazones.org ↩︎
-
S. Juan Pablo II, Audiencia general del 27 de noviembre de 1996: María, Madre de Dios. ↩︎
-
Cf. Primer domingo de ADVIENTO, 25 de Diciembre Misa de MEDIANOCHE, Mensaje doctrinal | clerus.org ↩︎
-
Ibíd. ↩︎
-
Cf. Jesús Manuel Urones, Fundamentos Bíblicos Del Catolicismo II María, Virgen Y Madre, Cap. IV María es verdadera Madre de Dios. ↩︎
-
Cf. Los Dogmas Marianos - Clase II - María en el orden hipostático - Prof. Claudio Mayeregger, Min. 1:21:34. ↩︎
-
Cf. Los Dogmas Marianos - Clase I - La Maternidad divina - Pbro. Gabriel H. Delgado. Min. 44:48. ↩︎
-
Cf. Los Dogmas Marianos - Clase I - La Maternidad divina - Pbro. Gabriel H. Delgado. Min. 46:03. ↩︎
-
Cf. Los Dogmas Marianos - Clase I - La Maternidad divina - Pbro. Gabriel H. Delgado. Min. 47:26. ↩︎
-
Cf. Los Dogmas Marianos - Clase I - La Maternidad divina - Pbro. Gabriel H. Delgado. Min. 47:47. ↩︎
-
Los Dogmas Marianos - Clase I - La Maternidad divina - Pbro. Gabriel H. Delgado. Min. 48:25. ↩︎
-
Los Dogmas Marianos - Clase I - La Maternidad divina - Pbro. Gabriel H. Delgado. Min. 49:08. ↩︎
-
S. Juan Pablo II, Audiencia general del 13 de septiembre de 1995: El rostro materno de María en los primeros siglos. ↩︎
-
S. Juan Pablo II, XIV Jornada Mundial de la Juventud, 1999. ↩︎
-
Papa Francisco, Ángelus, 8 de diciembre de 2025. ↩︎
-
Centro Teológico San Agustín, María, madre y modelo de vocación cristiana / XXVI Jornadas Agustinianas, cita: “Conción 274, En la fiesta de la Anunciación de María, 5 (BAC VII, p. 233)”. ↩︎
-
S. Juan Pablo II, XIV Jornada Mundial de la Juventud, 1999. ↩︎
-
Fray Nelson, Lo que tú debes saber sobre la Virgen de Guadalupe, min. 36:10. ↩︎
-
Los Dogmas Marianos - Clase I - La Maternidad divina - Pbro. Gabriel H. Delgado. Min. 31:22. ↩︎
-
Anunciación del Señor (25 de Marzo), Dña. María Teresa Fernández Baviera, OP ↩︎
-
S. Juan Pablo II, Audiencia general del 4 de diciembre de 1996: María, educadora del Hijo de Dios. ↩︎
-
J. A. Martinez Puche, María en los Padres de la Iglesia, cap. IV Los primeros años de María. ↩︎
-
S. Juan Pablo II, Audiencia general del 4 de diciembre de 1996: María, educadora del Hijo de Dios. ↩︎
-
S. Juan Pablo II, Audiencia general del 4 de diciembre de 1996: María, educadora del Hijo de Dios. ↩︎
-
S. Juan Pablo II, Ángelus, 5 de noviembre de 1995. ↩︎
-
Llamados del Mensaje de Fátima, Capítulo 21, p. 195. ↩︎
-
S. Juan Pablo II, Audiencia general del 4 de diciembre de 1996: María, educadora del Hijo de Dios. ↩︎
-
S. Juan Pablo II, Audiencia general del 13 de septiembre de 1995: El rostro materno de María en los primeros siglos. ↩︎
-
Fuente: Corazones.org ↩︎
-
Cf. Jesús Manuel Urones, Fundamentos Bíblicos Del Catolicismo II María, Virgen Y Madre, Cap. IV María es verdadera Madre de Dios. ↩︎
-
La enseñanza sobre la Virgen de Juan Pablo II, M. Ponce Cuellar Instituto Superior De Ciencias Religiosas, n. 2. María Madre virginal del Hijo. ↩︎
-
S. Juan Pablo II, Audiencia general del 27 de noviembre de 1996: María, Madre de Dios. ↩︎
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